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Sopa de Pejelagarto…

De memoria

Carlos Ferreyra Carrasco

Pensaba en las razones por las que nos enganchamos en una discusión diaria con un ser que cada amanecer se solaza en mostrar el creciente deterioro de su edad que lo puede llevar a la locura total.

Pensaba también en dué pasaría si de pronto le hicieran un vacío, después de todo no capta mensajes, reclamos ni sugerencias.

Y pensaba que ese encierro en sí mismo es la evidencia de lo que llaman demencia senil.

Y mientras pensaba, me percaté que estaba disfrutando de una riquísima sopa de habas con el respectivo y  generoso chorro de aceite de oliva.

Me pensamiento dio un vuelco. Infancia y juventud, la hora de la sopa era el clarín de mando para la rebelión encabezada por Olga, la mayor, Alfonso el que secundaba las iniciativas y yo, el menor, la gorda de.l perro, lo que sobró.

Habas, lentejas, espinacas, chícharos y hasta el caldo de verduras era motivo de una rebeldía que se apagaba cuando el comandante en jefe, con voz queda pero muy firme, ordenaba” a comer

A cambio de tales horrores que hoy me encantan, de hecho a diario nos gratificaba con el caldo de cocido, puchero le nombran los ilustrados.

No habían llegado a Morelia los refrigeradores, ciertos burros adinerados contaban con hieleras. Pero no suficientes.

A diario había que hacer Mercado, yo iba por las grandes hojasde col que contenían 50 centavos de verdura palcaldo, mientras mi hermano compraba 50 centavos de carne para el cocido. Cabe destacar que Alfonso se picaba unos centavitos para alquilar el Chamaco chico o Los supersabios.

Cinco de familia y María que también era familia luego de trabajar para la abuela materna, las tías y finalmente con nosotros. Y era suficiente.

María tenía suficientes méritos para corregirnos, soltarnos un coscorrón o darnos con gran pala de la cajeta, el ate y el mole. A Olga la consentía y no dejaba que la corrigieran o la reprendieran. En esto coincidía totalmente con mi padre, también Alfonso.

El segundo plato correspondía a una sopa seca, nos gustaba el fideo con una salsa de frijol, el arroz colorado con pico de gallo y ocasionalmente el arroz guisado, ligeramente Cardoso, con moro más de longaniza, uníos trocitos de queso fresco.

Pasábamos al guisado que quizá por comodidad era generalmente un bistec planchado, para mi a punto de carbón. No había ensalada ni otra preparación para acompaparlo.

Un vitriolero pequeño con frutas en vinagre era suficiente. Perón, manzana, durazno, membrillo y otras ricuras más que pasaban semanas, quizá meses, en un trastero esperando su momento para ser consumidas.

A veces nos hacía doña Elena, mi madre, ricuras hoy ignotas. Las enjococadas, tortillas sofritas en jocoque rociado con queso Cotija y una salsa líquida de jitomate ligeramente picosa. Ajos y cebolla daban el toque final.

El minguinche con la salsa mencionada, tiras de chile poblano cocido con el guiso de  con un queso asidero ligeramente pasado por las brasas.

El punto final, esperado pot todos, los frijoles chinitos, casi quemados, pulverizados, con asadero, Cotija o fresco.

Todo en parrillas de carbón vegetal o leña. El día que alguien muy moderno llevo una estufa de petroleo, hubo huelga de comensales. Repudio total.
Los postres otra historia pero me quedo con la tradición de sopa aguada, sopa seca, guisado y frijoles Con agüé de filtro de cantera…

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