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El populismo empieza a desaparecer la democracia del debate y argumentos, para imponer la ley de un solo hombre 

Víctor Barrera  

Cuando las encuestadoras ocupan el término “popularidad” para medir la confianza que la gente tiene hacia un político, que son principalmente la materia que se publica en algunos medios de información, Me pregunto si la gente entiende que popularidad no significa buenos resultados. 

Y esto es precisamente los que ha sucedido durante el tiempo que lleva la actual administración, como si el ser popular significa tener las soluciones de todos los problemas o peor aún porque se es popular las cosas cambian de la noche a la mañana. 

Si así fuera, el cambio prometido estaría ya en marcha y tendríamos completadas la mayoría de todas las promesas que el Mesías de la política en México realizo durante sus más de 18 años de campaña. 

Lo único que hemos visto es como el populismo se ha sobre puesto a otras alternativas para legitimar la narrativa y actuación de quien ejerce el poder ejecutivo en el país. 

Esto es, se utiliza la herramienta populista para atacar y desaparecer al adversario a través de calificativos que la gente pueda aplicar en cualquier situación que no tengan los argumentos para debatir y con ello empezar a establecer una hegemonía política que igualmente desaparece la democracia. 

Esta administración federal y sus legisladores han cambiado el centro del debate, de la confrontación de ideas y de propuestas por descalificaciones que no llevan a una solución a los problemas persistentes en México. 

El populismo que predomina en el país, ha puesto entre sus prioridades, el debilitamiento e incluso la desaparición de la sociedad civil porque asumen que su mayoría puede invisibilizar a todos aquellos que no piensan igual a ellos. 

El congreso ya no es un espacio de debate para construir acuerdos a favor de la solución a los problemas, por ello ya no le dan importancia a los argumentos sustentados y repito, desparecen también a la sociedad civil, la que por años se ha organizado para crear institutos que pudieran ser el verdadero contrapeso de un presidencialismo excesivo. 

Ahora el debate entre fuerzas políticas se ha convertido en un golpeteo de manera individual a las personas para presionar y con ello debilitar a los partidos políticos, y órganos autónomos e independientes del gobierno. 

En el populismo la ley se subordina al poder; aunque el gobernante haya llegado legítimamente al poder, no lo ejerce en los términos establecidos por lo justo, lo ecuánime y lo equilibrado. Acaba la era del constitucionalismo y comienza la etapa del personalismo; ya no manda la ley, sino el capricho. 

Ahora, en el populismo, quien gobierna tiene el poder de proclamar la ley y utilizarla a su antojo, por ello la búsqueda intensa de poder apoderar de los órganos electorales, para seguir legitimando el populismo, para convencer que el gobierno es el protector y no el administrador de la riqueza. 

Que el presidente esta sobre todo y es precisamente él quien hará las leyes, normas y reglamentos para, no solo decidir quien gana o quien pierde, sino la posibilidad de eternizarse en el poder Ejecutivo. 

Los criterios de equidad e imparcialidad propios de la democracia son desechados para crear su “democracia” amparado en un pueblo sometido sin voz y controlado a través de programas asistenciales. 

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