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El partido soy yo

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Miguel Tirado Rasso mitirasso@yahoo.com.mx

Creado desde el poder, el PRI fue diseñado y, así funcionó con eficiencia durante varias décadas, para conservar el poder, no para luchar por alcanzarlo.

Alito, como el capitán del Pritánic, se aferra al timón a pesar de la amenaza de hundimiento. La reunión urgente que le solicitaran 11 presidentes del Revolucionario Institucional “ante los últimos acontecimientos”, léase derrotas electorales, para sumar, debatir y, sobre todo, reflexionar, sobre la situación compleja por la que atraviesa el tricolor, no tuvo mayores consecuencias. Mucha reflexión, poco debate y sin sumas, porque, después de la junta, los ex presidentes se negaron a salir en la foto de unidad.

El presidente del PRI, Alejandro Moreno, Alito, continuará al frente del instituto hasta que concluya su período estatutario, porque, según lo expusiera unos días después ante su Consejo Político Nacional, sería “una cobardía retirarse en este momento”. Esto, claro está, si no se le ocurre prolongar su mandato, posibilidad contemplada en las reformas estatutarias que promovió, y que dan facultad al Consejo Político Nacional para “Determinar la prórroga del período estatutario de la dirigencia nacional, en los casos en que la renovación concurra con un proceso electoral o dentro de los tres meses previos a éste.” (Art. 83 frac XXXVll). Como anillo al dedo.

El campechano no se siente aludido, cuando se comenta que es el dirigente tricolor que más gubernaturas ha perdido en forma continua, en solo dos años. En cambio, muy al estilo del discurso de la 4T, sus partidarios como el diputado Rubén Moreira, endosa la responsabilidad de la actual crisis del tricolor a dirigencias del pasado pues, afirma, les entregaron un partido endeudado, con un padrón inflado y con amenaza de multas de parte de la autoridad electoral. El detalle está en que el propio diputado Moreira pertenece a ese pasado, pues fue él, precisamente, quien hizo la entrega del supuesto padrón inflado, según se lo recordó su sucesor en el cargo que ocupaba en el CEN del PRI.

Los equilibrios en la conducción del Revolucionario Institucional se perdieron y con esto, la sobrevivencia del otrora partidazo está en riesgo, porque quien ahora lo dirige no está dispuesto a reconocer errores ni a dar entrada a otras corrientes que ayuden a fortalecer a la institución. Dicen que el poder no se comparte, pero en las circunstancias en que se encuentra el PRI, al menos habría que escuchar a quiénes, por su experiencia y trayectoria política y partidista, algo podrían aportar.

Ya se ha dicho, que, como nunca antes, esta dirigencia tiene el control absoluto del partido sin ningún contrapeso. En sus mejores tiempos, los presidentes del tricolor seguían las indicaciones del titular del Ejecutivo. Pero, además, existían los sectores, agrario, obrero y popular, con peso específico y cuya opinión era tomada en cuenta. No resultaba fácil ir en contra de un Fidel Velázquez. Por supuesto, la voz de los gobernadores era atendida y, generalmente, en sus territorios tenían prioridad. También se hacían escuchar, con mesura, los líderes de las bancadas en el Congreso.

Creado desde el poder, el PRI fue diseñado y, así funcionó con eficiencia durante varias décadas, para conservar el poder, no para luchar por alcanzarlo. Por esto, como afirma la senadora Beatriz Paredes, al PRI le cuesta trabajo ser oposición y más, agregaríamos, con escaso armamento, pocas municiones y una dirigencia sin controles. A pesar de su orfandad presidencial, en 2000, el tricolor no quedó del todo desamparado. Contaba con 20 gobernadores priistas y, aunque sin su acostumbrada mayoría calificada en el Congreso de la Unión, tenía más senadores y diputados que el PAN y el PRD. Así que, la dirigencia del partido actuaba tomando en cuenta la opinión de los gobernadores.

En las transformaciones que fue sufriendo el ex partidazo, los sectores se fueron debilitando y se perdieron gubernaturas, hasta llegar al estado en que ahora se encuentra. Los sectores, casi inexistentes, solo 3 gobiernos estatales bajo sus colores y una presencia en el Congreso muy disminuida. Para colmo, y aprovechando la circunstancia de no tener que rendir cuentas a otros factores de poder, Alito Moreno no dudó en reformar los estatutos del PRI para arrogarse funciones y facultades estratégicas y convertirse en la máxima autoridad del partido. El partido soy yo, es el mensaje de Alito para quien quiera escucharlo.

En estas circunstancias, el PRI pareciera más un lastre, que un activo para la alianza Va por México, con el PAN y el PRD, pues, además de las evidentes diferencias entre priistas destacados y el actual dirigente, están las denuncias sobre presuntos malos manejos que se le atribuyen a Alejandro Moreno durante su desempeño como gobernador del estado de Campeche.

No son los mejores momentos para Alito, que tendrá que reconsiderar sus modos absolutistas de conducción del tricolor; aclarar su actuación al frente del gobierno de Campeche, para poner fin a los escándalos que lo persiguen, y considerar qué tan beneficiosa, o no, es para su partido y para la alianza Va por México, su permanencia al frente del tricolor, a poco más de un año de que el proceso para la elección presidencial inicie, legalmente, porque de manera informal, ya arrancó.

Lo que está claro, es que, para Morena, Alito resulta un dirigente muy conveniente, pues su vulnerabilidad, inevitablemente, resulta contagiosa para la alianza opositora.

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