COLUMNAS

La prensa y el poder después de Watergate

Seguridad y Defensa

Carlos Ramírez

(Fragmento del libro La prensa y el poder. Watergate 50 años después, de Carlos Ramírez y Miguel Angel Sánchez de armas, disponible en Amazon.)

El 22 de diciembre de 1974 fue un día del peor dolor de cabeza de la CIA. El reportero Seymour M. Hersh publicó una larga investigación sobre operaciones secretas de la agencia de inteligencia en contra de disidentes, todas ellas en el tono de lo ocurrido en el caso Watergate con el intento de instalación de equipo de espionaje y grabación en el cuartel general demócrata y las operaciones para interceptar de manera ilegal comunicaciones de periodistas críticos del gobierno.

La lista de casos acumuló 18 incidentes que violaban los derechos constitucionales de ciudadanos y reveló que la tarea le correspondía a una oficina semisecreta en las oficinas de Langley, Virginia: el departamento de contraespionaje, a cargo de un personaje extraño, con delirio de persecución y cazador de topos extranjeros: James Jesus Angleton, por cierto hijo de un general que participó en la incursión militar estadounidense a México persiguiendo a Pancho Villa después de los ataques a Columbus y una mexicana sinaloense. El reportaje de Hersh condujo a la renuncia de Angleton.

A pesar de los tropiezos y desprestigios adicionales en el periodo de Watergate 1972-1974 y de los éxitos de la prensa revelando las acciones clandestinas de la agencia de inteligencia considerada como el ejército privado del presidente de Estados Unidos, la confrontación entre el espionaje y los medios de comunicación siguió sin que el poder político regulara los abusos del uso ilegal de los aparatos del poder. Cuando menos tres investigaciones oficiales se abrieron y ninguna llegó a propuestas concretas: la Comisión Church de 1975 que analizó la intervención ilegal de EU en Chile y la conclusión en el golpe de Estado militar, el Comité Pick para indagar las revelaciones de Hersh conocidas de manera popular cómo “las joyas de la familia” y la comisión Rockefeller de 1975 para investigar el asesinato del presidente Kennedy y la posible presencia del agente de la CIA E. Howard Hunt que había aparecido en el caso Watergate como pieza clave en el control y administración del grupo de fontaneros de la Casa Blanca que se dedicaba a los trabajos sucios a favor del presidente Nixon.

La lista de eventos de espionaje que fueron revelados por la prensa después de la renuncia de Nixon en 1974 muestra que los medios continuaron su función de revelar los lados oscuros del poder, pero el poder supo administrar controles de daños sin realizar ninguna reforma. Peor aún. el presidente George Bush Jr. aprobó las llamadas leyes patrióticas en octubre de 2001 para legalizar la violación –no la suspensión con criterios legales temporales– de los derechos constitucionales generales de los ciudadanos, en aras de evitar nuevos ataques terroristas:

1.- Las revelaciones en 1976 de la responsabilidad de la CIA en el acto terrorista que hizo estallar un avión de cubana de aviación.

2.- Los datos de intervención clandestina de Estados Unidos en Europa para encarar el avance del eurocomunismo, una corriente de tipo marxista lejana al control de la Unión Soviética y con perfiles democráticos.

3.- Las revelaciones realizadas en 1982 por el columnista Jack Anderson The Washington Post sobre la intervención de Estados Unidos en Chile a través de la empresa ITT para impedir la victoria y el Gobierno del socialista Salvador Allende.

4.- La revelación en 1984 de la famosa operación Irangate controlada por la CIA para vender de manera clandestina armas a Irán y utilizar esos fondos para financiar a las organizaciones armadas contrarrevolucionarias de Nicaragua, un operativo que pasó por México.

5.- Las revelaciones en 1987 de ilegalidades realizadas por la CIA en México y Centroamérica en 1981-1987 que fueron descubiertas y difundidas por el periodista Bob Woodward en su libro Velo. Las guerras secretas de la CIA.

6.- Las revelaciones del periodista Gary Webb sobre la decisión de Estados Unidos y la CIA para distribuir de manera gratuita droga en comunidades afroamericanas de California como una operación de control social.

7.- La revelación de la existencia de prisiones secretas de la CIA en ciudades y embarcaciones para alejar la supervisión de organismos de Derechos Humanos, entre ellas la creación de la prisión antiterrorista en Guantánamo, Cuba.

8.- Las revelaciones de las torturas de prisioneros iraquíes en Abu Ghraib en 2004.

9.- La aprobación legal de las torturas a través del secretario de Justicia y del secretario de Defensa en 2006.

10.- La revelación de cientos de miles de cables secretos de las oficinas militares y diplomáticas de Estados Unidos por Julian Assange en su proyecto de apertura informativa conocida como Wikileaks.

11.- La revelación periodística de documentación secreta obtenida por el contratista civil Edward Snowden, hoy refugiado en Rusia.

12.- Y, entre otras, las revelaciones de las mentiras gubernamentales sobre 20 años de la guerra en Afganistán publicadas en el 2021 por él The Washington Post, en un esfuerzo periodístico similar a la publicación de los Papeles del Pentágono en 1971.

El caso Watergate mejoró la calidad de la investigación y las revelaciones periodísticas, pero se encontró con el muro de piedra de un Gobierno que aprendió a gestionar las denuncias sin hacer concesiones. Después del presidente Nixon y Watergate, los demás mandatarios mantuvieron el ritmo de utilización del Gobierno clandestino: Reagan uso a la CIA y al Consejo de Seguridad Nacional para socavar la soberanía del Centroamérica, Bush Sr. explayó en la Casa Blanca su experiencia como director de la CIA en 1976, Clinton utilizó los servicios clandestinos del Estado sin resultados concretos y se dedicó a disfrutar el poder con Monica Lewinsky, Bush Jr. manipuló a la CIA para obligarla apoyar su tesis bélica de la supuesta existencia de armas de destrucción masiva en Irak y de la  inexistente compra de uranio enriquecido por Sadam Husein para producir bombas nucleares, Trump de manera simple rompió la relación con la prensa y desdeñó cualquier tipo de revelaciones y disminuyó la credibilidad de los medios y Biden se perdió en los pasillos de la Casa Blanca y abandonó cualquier control sobre los organismos de seguridad nacional.

Por su parte, la prensa se vio agobiada por los problemas económicos derivados de la disminución de la circulación impresa y de la baja de anuncios publicitarios y entró en situación de colapso en 2020 y 2021 por el efecto social de la pandemia. El The New York Times regresó a su papel de aliado de los enfoques de seguridad nacional como se probó en el caso del periodista James Risen, le dio prioridad al enfoque financiero que había derrumbado el precio por acción de la empresa de 40 dólares a cuatro dólares, tomó el camino de atender la edición impresa que le permitía mayor profundidad en sus informaciones y prefirió consolidar su atención en la vertiente digital que lo llevó a 9 millones de suscriptores.

El The Washington Post de los papeles del Pentágono y de Watergate entró en situación de colapso financiero en 2013 y fue vendido al empresario comerciante Jeff Bezos, entonces el hombre más rico del mundo por su floreciente negocio Amazon; y aunque hubo el compromiso de mantener la tradición de informaciones de investigación contrarios a los intereses del poder, la línea informativa del diario comenzó a enfriarse y solo pudo destacar por la cobertura crítica de la guerra en Afganistán.

A pesar de la tradición de periodismo de investigación, de denuncia y de confrontación con el poder, la prensa estadounidense nunca fue más allá de la revelación y las denuncias y la sociedad ha seguido buscando en los medios informaciones críticas que obliguen al poder público a respetar los derechos ciudadanos, sin que exista alguna intención que le otorgue a los medios una función más revolucionaria frente a las contradicciones e insatisfacciones de la sociedad.

El autor es director del Centro de Estudios Económicos, Políticos y de Seguridad.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no de la publicación.

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