MÉXICO

Ecos del Feminismo y Escuelas de tiempo completo

Paola Carmona

 

Hay dolores que nos golpean en el pecho y se sienten en la entraña. Esa fue la sensación que tuve días atrás cuando la Secretaria de Educación nos informó la eliminación del programa Escuelas de tiempo completo desde la conferencia matutina de la presidencia de la República. Largos ríos de tinta, voz e imágenes han corrido para explicar sus implicaciones y efectos -infames en su mayoría-, y esperando aportar un granito de arena a la discusión abordo el tema desde ese trinomio que radica en la educación, el trabajo y los derechos de las mujeres. El mes de marzo y esta semana en particular me brindan el marco perfecto para tal cometido.

 

Si antes de la Ilustración autores como Christine de Pizan y François Poullain de la Barre abogaron por el acceso igualitario de las mujeres al conocimiento y ya entrado el siglo XVIII, Mary Wollstonecraft criticó por el confinamiento casi obligatorio al ámbito privado que conllevaba la idea de una educación diferenciada entre sexos; y Olympia de Gouges, con una visión social, propugnó por la creación de escuelas maternales para la atención de la infancia desprotegida era porque la discusión que estaba en el fondo radicaba en el derecho a la igualdad y el reconocimiento de las mujeres como seres humanos dotados de la misma capacidad y autonomía personal que los hombres. Una emancipación que se podía traducir en independencia económica y libertad de trabajo.

 

En el siglo XIX tomaron la estafeta pensadores como Harriet Taylor y John Stuart Mill, que enfocaron sus baterías al señalar que la educación era el medio a partir del cual las mujeres podían manumitirse del dominio del hombre en el ámbito conyugal y con ello, asumir y elegir un destino propio. Es aquí donde también destacan socialistas europeas como Clara Zetkin y Flora Tristán, quienes añaden el componente político para la formación de ciudadanas y el ejercicio del derecho al voto, inquietudes que compartían sufragistas norteamericanas como Elizabeth Cady Stanton y Lucrecia Mott. A partir de ese período se constata el germen entre la reivindicación de los derechos a la educación, los derechos políticos, y la independencia económica de las mujeres. Esta fusión se develó una vez que el Feminismo comienza a tomar forma e incluso a asumirse como tal en el siglo XX. Simone De Beauvoir nuevamente vería en la educación la vía idónea para alcanzar la independencia, no sólo económica sino también afectiva de las mujeres, un tema presente en pensadoras posteriores como Betty Friedan y sobre todo en Kate Millet y Shulamith Firestone quienes abordan y resignifican los conceptos de patriarcado y género al enfatizar las relaciones de poder que de éstos se derivan en función de la relación entre sexos.

 

En las relaciones laborales y económicas, este dominio se verificó en la educación dirigida al trabajo femenino, puesto que desde principios del siglo XX, la formación de las mujeres se dirigió a profesiones enfocadas en lo doméstico o en oficios y profesiones en ámbitos como la enseñanza o la enfermería y el acceso limitado a las universidades, lo que trajo consigo una nueva discriminación para las mujeres al considerar que con ello se apaciguaban sus inquietudes intelectuales, estaban mejor preparadas como compañeras, esposas y madres, además de realizar un trabajo complementario que contribuía al ingreso familiar, pero socialmente reconocido como inferior al realizado por los hombres y a la vez, precario en términos monetarios, lo que paradójicamente llevó a mayor sujeción, debido a que las mujeres debían cumplir con una jornada adicional de trabajo no remunerado en el hogar.

 

A pesar de que esta última situación se ha visto poco alterada, en las postrimerías del siglo XX y en lo que va del siglo XXI la lucha del Feminismo se ha debatido entre el Feminismo de la diferencia -que busca entre otras cuestiones profundizar en la identidad femenina y la preeminencia de la diversidad cultural, racial, sexual, política- y el Feminismo de la igualdad que se ha enfocado en acentuar los puntos de unión entre los sexos, así como en encontrar el móvil patriarcal detrás de sus diferencias, lo que se ha traducido en decisiones encauzadas al rompimiento de los «techos de cristal», la paridad y con ella, medidas afirmativas como las cuotas, ya que se ha comprobado que no es suficiente contar con mujeres que cuenten con un mismo status académico y profesional al de los hombres si su remuneración no es igual y su ascenso no se da en las mismas condiciones o que ambos no estén garantizados, a pesar de que en la legislación así se establezca o que las políticas públicas así lo pregonen aunque en los hechos sean inexistentes o insuficientes. Sin embargo, ambos tienen un denominador común: han exhibido al llamado «Patriarcado del consentimiento» que asume la libertad y la igualdad entre sexos como valores entendidos, de ahí que centre su interés en la libre elección, por lo que las mujeres pueden optar por cualquier tipo de decisión -aunque se supedite a cualquier clase de sometimiento, tiranía o abuso-.

 

Es en esta lógica donde se inscribe la desaparición del programa de Escuelas de Tiempo Completo y de otros programas como los Refugios para Mujeres Víctimas de la Violencia y las Estancias Infantiles, puesto que se deja en la responsabilidad individual de las mujeres la decisión de trabajar o de permanecer en el hogar aún a costa de la propia vida, sin considerar los factores externos que condicionan esas elecciones, lo que no es más que otra forma de abuso y dominación en contra de las mujeres y de los infantes, cuyas necesidades de alimentación, protección y educación, a la vez, se han invisibilizado. Por ello, resultan sumamente perturbadoras las acciones que se dirigen desde el Palacio Nacional para minimizar las demandas y los derechos de las mujeres, las cuales han llegado al absurdo de describirnos como una especie de arcilla manipulable en las manos de intereses obscuros, porque con ello no sólo niega nuestra capacidad, autonomía, independencia y dignidad como seres humanos, sino que confirma la regresión patriarcal que padecemos, ya que el poder de elección se reserva a quienes son libres e iguales en una sociedad y en este momento, al menos desde el Poder, se nos ha dicho que nosotras no lo somos. Sin embargo, esas mismas acciones y esa misma narrativa se paladean tan ominosas como irrisorias porque cierran los ojos ante una insumisión que nos ha durado más de trescientos años… tiempo suficiente para reflexionar y entender cuándo ponernos de pie y retomar lo que se nos ha negado o lo nunca se nos ha querido reconocer.  

 

Imagen de Ilustración de Tribuna de Los Cabos.

 

 

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