COLUMNAS

Recuento de la pandemia

María Fernanda Trinidad Hernández

Hace casi dos años que empezamos con esta pandemia que según duraría unos cuantos meses pero que hoy, parece interminable. Y aunque personalmente ha sido una gran lección que me ha permitido entender la importancia de la vida, priorizar mis necesidades y valorar más a mis seres queridos. También ha sido uno de los retos más grandes a los que me he enfrentado. Quizá muchos de ustedes también. 

Antes de la pandemia me encontraba viviendo en España con mi esposo. Una experiencia increíble e inolvidable. No sabíamos que sería la última vez que gozaríamos de la vida como la conocíamos. Hoy haciendo un recuento, pareciera como si esta nos hubiera permitido disfrutar por última vez de esa normalidad que hoy no existe, y que quizá nunca vuelva. No sabemos. Salimos, conocimos lugares nuevos, nos emborrachamos, nos divertimos, disfrutamos de los amigos que se convirtieron en familia. Quien iba a pensar que estaríamos enfrentando este momento. 

Sé que para muchos ha sido peor porque han perdido seres queridos a causa de este virus. Pero creo que cada uno, a su manera, y en su medida, hemos enfrentado miedos, retos, incertidumbre, dolor y desesperación. 

Yo recuerdo que desde la universidad, sino es que antes, tenía ya una obsesión por limpiar todo, por llevar alcohol y gel antibacterial en mi mochila, incluso toallas desinfectantes. Me lavaba las manos millones de veces al día, y desinfectaba lo que iba a tocar, mi escritorio, las llaves del coche, y más. Para mi era normal. Pensé que no sería problema desinfectar y tener sanitizado todo. Pero lo que no esperaba era enfrentar la ansiedad de tener que desinfectar aquello que tocaba. Era como de vida o muerte. No había algo que no tuviera cara de covid. La manija de la puerta, el piso de nuestro departamento- aunque no salieramos y nadie entrara- las compras del super, el celular, y más. 

Y aunque eso ha sido un reto por la ansiedad que me genera, creo que lo peor hasta ahora ha sido tener que guardar sana distancia de las personas que tanto quiero. Si bien jamás dejé de ver a mis papás, a mis suegros, abuelos, hermanos, porque en realidad mi esposo y yo nos aislamos y no salíamos a ningún lado. Sí había una distancia entre no poder abrazarnos y solo tener que darnos el puño. A nuestros amigos los dejamos de ver durante meses. No socializamos con nadie, y al verlos después de mucho tiempo, no hubo abrazos. Aprendí la importancia de los abrazos. 

La pandemia avanzó, veíamos sufrir a tantas familias por las pérdidas y no podíamos ser ajenos a ese dolor. Ya no solo pensábamos en no contagiarnos, sino en no contagiar a nuestras familias. Pensábamos en evitar contagiar a cualquier persona. Sin importar si la conocíamos o no. Todos estábamos pasando por lo mismo y la empatía era lo único que nos quedaba para poder protegernos y tratar de que esta pandemia terminara. 

Llegaron las vacunas, todo empezó a tener otro color. Había una pequeña esperanza. Sí aparecieron nuevas variantes que nos hacían tambalear y volver a sentir incertidumbre, pero parecía que íbamos para adelante. Entonces llegó Omicrón al mundo. La variante más contagiosa de la historia según expertos. 

Creo que ni al inicio había tantos casos cercanos a mi de covid en tan poco tiempo. Y entonces retrocedimos millones de pasos. Pero como nada en la ciudad está cerrado, digamos que no te puedes proteger y evitar los contagios como al principio. Yo tengo la suerte de trabajar desde casa, pero mi esposo tiene que salir. Y entonces viene la sana distancia pero aún más amplia. Y la gente que tenemos cerca comienza a estar lejos. El medio de comunicación sólo son las llamadas, los mensajes, las videollamadas. Sé que no es una regla. Pero para nosotros sí porque queremos proteger a nuestras familias. 

Cuando estaba en España estaba lejos, muy lejos de mi familia. Pero ahora que lo pienso es esa lejanía no era nada en comparación a la que siento ahora. Porque allá sabía que estábamos lejos, que pronto nos veríamos pero era una lejanía normal por estar en distintos continentes. Pero esta lejanía, estando a 15 o 20 minutos de nuestras familias es inmensa. Y desesperante. Y pienso, ¿hasta cuándo? Vivir con miedo de contagiarse es hartante. Y escucho en las noticias que sólo durará este pico lo que resta de enero y quizá febrero, ¿será verdad? 

Me genera enojo ver que el gobierno se hace de la vista gorda y pinta un panorama que no es la realidad. Se escuchan cifras que no sabemos de dónde las sacan, y sus discursos ya son tan iguales, que son poco creíbles. Y entiendo que no pueden volver a cerrar todo porque la situación económica de muchas familia que ya pasan por crisis financieras empeoraría. Eso lo entiendo. Pero ¿por qué no ser honestos? ¿por qué mentir en medios y querer hacernos creer que todo está bajo control? 

Y ahora entro en otro tema, que quizá a muchos no les parezca, pero que también me enoja, porque la sociedad también es responsable de la propagación de esta y otras variantes. ¿Por qué seguir saliendo como si nada pasara? ¿No pueden pensar en el otro? ¿Qué pasa con la gente que puedes poner en riesgo? Sé que el -quédense en casa- ya es un meme más que otra cosa. Pero ¿sí queda claro que también es nuestra responsabilidad evitar más contagios? Es necesario poner pausa y pensar, si el gobierno no nos da una respuesta real, ¿qué haremos nosotros? 

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