COLUMNAS

El agua envenenada…

De memoria

Carlos Ferreyra Carrasco

Todavía las familias se comportaban como muéganos, las visitas eran cotidianas y periódicamente toda la tribu se reunía en un paseo campestre.

Los varones, inclusive niños y algunas niñas, se distraían con el tiro al blanco con pistola, mientras las señoras cambiaban chismes, recortaban y hacían pinole con determinadas personas y preparaban los manteles sobre el pasto para la comilona.

Ése día la convocatoria fue para ir a Morelia. Los detritusdefecalensis nos alistamos. Preparé mi Dodge viejo con sus salpicaderas tan hojalateadas que en la carretera parecían aletear. Pero nunca fallaba y ademas quería presumir las horrorosas vestiduras negras con rojo que me regalaron por cumpleaños.

Padre, madre y hermanos acomodados y listos para cumplir el rito familiar. Mi padre una vez en camino, sólo aceptaba paradas para necesidades impostergables. Dentro del vehículo, la canasta con tortas, huevos duros y algún dulce ligero, ates seguramente. ¡Ah! Las infaltables Cocas y para los infantes el refresco de frutas.

Agarramos camino, yo todavía púber, manejando bajo la mirada crítica y vigilante del patriarca, don Alfonso. Mi madre, doña Elena, atrás cotorreando con mi hermana Olga y el pobre de Alfonso mi hermano, aburriéndose como ostra.

Pasamos Toluca, fría y con calles solitarias como era siempre; cruzamos Bosencheve, un arbolado de pinos a ambos lados del camino, y continuamos a Zitácuaro. Breve descanso en la terminal de autobuses a la orilla de la carretera, para comprar morelianas y cajeta.

Tomamos el inicio de Mil Cumbres donde se encuentra uno de los miradores. Parado y mirando del pretil hacia el fondo del macizo montañoso, parece que el cielo, azulado, descendió hasta las entrañas de la tierra.

Visión maravillosa en montes de vegetación cerrada, con algunas caídas de agua, cascadas con un chorro no muy grueso pero de una violencia apreciable al caer.

Llegamos a Ciudad Hidalgo, la ancestral Tajimaroa, capital de uno de los tres reinos tarascos y de donde nunca pudieron pasar los guerreros ibéricos que debieron acudir a la cruz, los misioneros.

En las calles, de hecho la calle principal, parte de la carretera nacional que va a Guadalajara, una multitud nerviosa, armada con bieldos, palas, tridentes, barras de acero y otros aperos de labranza, se movía sin al parecer destino preciso.

Seguimos. En la cercanía del centro se amontonaba la gente ante una puerta de una casa semiquemada. Había quienes con las barras intentaban demoler los fuertes muros exteriores.

Con las mandíbulas apretadas, mi padre comentó que era la casa de don Aquiles de la Peña, un viejo amigo, ciertamente cacique regional y rapamontes con mucha actividad. Mi madre impidió que mi padre bajara a enterarse como estaba la familia, creo que hijas, del veterano.

Entre lamentaciones de mi padre que alcanzó a enterarse que el pueblo se había levantado en armad, porque se corrió la versión de que don Aquiles haba envenenado los depósitos de agua del pueblo, situados en las alturas de cerros circunvecinos.

Llegamos a Morelia y al día siguiente celebramos el cónclave del clan Ferreyra, Morelos.

Allí nos enteramos, Adolfo Tena Morelos estrenaba un Mercury de súper lujo. Llegó sin interrupción ni problema hasta Ciudad Hidalgo. Lo detuvo la turba enfurecida y le ordenaron usar el auto para derribar la puerta de la residencia.

Aceptó de buena gana, echó reversa, metió el drive y aceleró pero con dirección a la salida del pueblo. Mentadas, algunas piedras que no alcanzaron a lastimar el coche y sólo el susto para sus hijos, unos güeritos todavía niños.

No creo que Benítez haya presenciado la revuelta. Pero miren si hay distancia con tan enorme señor. Yo guardé para mí el incidente. Don Fernando hizo una pieza magistral de periodismo testimonial: El Agua Envenenada.

Se trata de una novela breve, ligera y con la certeza de que todo eso sucedió. Y mas, la descripción del interior de la casa y sus chunches modernos, es muy gráfica.

En la novela el personaje se llama Ulises Roca. O quizá es al revés, en cualquier caso el hecho me queda como una inolvidable lección…

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