COLUMNAS

Gauchadas

De memoria

Carlos Ferreyra Carrasco

Parece que cada día qué pasa perdemos más el respeto en el concierto internacional: inclusive de un desastrado, del que sus propios paisanos dudan en cuanto a inteligencia y que explican en forma injusta con la frase: ¡Ah! Es gallego.

El tipejo, de apellido Fernández, es heredero del gobierno argentino, donde, séamos justos, nunca hubo un mandatario real. Lo más aproximado fue un generalote, Juan Domingo Perón, al que sus sucesivas compañeras de viaje, además de mantenerle de manera permanente adornado el frontispicio, lo manipulaban y con su activismo abierto y cínico, creaban la ilusión de un presidente o dictador, cómo gusten, muy chambeador.

Viví corto tiempo en Buenos Aires, donde presencié el regreso de Perón, me asombró la fe guadalupana en el sujeto al que su barragana que usaba un alias, Isabelita, María Estela su nombre verdadero, lo tomaba con ambas manos por las grandes orejas y le plantaba besos ante la sardónica sonrisa del tercero en la cama, conocido en el hampa centroamericana, como El Brujo López Rega.

Sucede que el impresentable ocupante de la Casa Rosada, en una declaración que quiso ser ingeniosa, dijo que los mexicanos descendíamos de indios, los brasileños salían de la selva y ellos los argentinos de barcos que los llevaban desde Europa.

Debió disculparse, pero un conosureño nunca humilla su vanidad. Pidió disculpa a quienes se sientan ofendidos y también a los que “se vean invisibilizados” por lo que supuso sarcasmo.

En alguna charla cantinera cierto periodista local hizo el reiterado chiste de que los mexicanos descendíamos de los árboles, éramos primitivos. A mi respuesta de que los argentinos descendían de los barcos, sin conocer su origen. Eran generaciones espontáneas; intervino Fernando Mas, muchos años con EFE y por entonces compartiendo la corresponsalía de Prela conmigo, además de reportero de El cronista comercial.

Hizo una larga, extensa relación de lo que fueron las culturas mesoamericanas y estableció puntos de comparación con un país, Argentina, sin verdadera tradición cultural, sólo beneficiaría de logros ajenos. De importación, pues.

Fue apabullante, a grado tal que uno de los circunstantes le recriminó la acidez de su explicación y el presunto ataque al que suponían era su país de origen. Sonriendo, Fernando era de comentario y sonrisa fácil, les explicó que el no descendía de miserables emigrados que bajaron de un barco.

“Soy europeo, madrileño y español”.

Lo cierto es que resultaba muy incómodo el calificativo que hasta hoy reservan para los habitantes del extremo sur, los cabecitas negras descendientes de los escasos indígenas que sobrevivieron las cacerías humanas de los cultivados y muy humanos europeos. Todo en el afán de apropiarse de grandes extensiones de tierras.

Por los mismos tiempos anduve por Perú y por Ecuador. La división en ambas naciones entre indios, mestizos y blancos, era más que notoria. Recuerdo expresiones y desencantos de la clase europea limeña por la presidencia de Juan Velasco Alvarado, un autóctono, hijo de una lavandera que limpiaba la ropa de las damas Miraflorinas, en un remanso del Río Rimac.

Lo mismo en Quito que en la capital peruana, había una clara separación de barrios y sus ocupantes. Como en México con los cines parejos a 4:00 pesos la entrada, los llamados “de piojito” eran para las gatas y a esos ni acercarse.

En Estados Unidos, hasta el da de hoy, los crímenes contra los negros son perdonables. Igual cuando la víctima es hispano. Por cierto más del 80 por ciento de los ocupantes de las cárceles, pertenecen a esas etnias. La discriminación subsiste.

En esta forma podemos desglosar el racismo en los países latinoamericanos. Varios años mi principal actividad fueron las naciones centroamericanas donde, de manera cruel, se margina a los pobres que ¡oh, casualidad! resultan siempre quienes conservan los rasgos indígenas.

Del comentario de Fernández, de dudosa estirpe política, candidatos habituales a juicios y penas carcelarias por abusos y crímenes cometidos al amparo del poder, me anima comprobar qué hay muchos más incapaces, ineptos y acéfalos gobernando el mundo.

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