COLUMNAS

¡Adiós al Uno! Periodistas

De memoria

Carlos Ferreyra Carrasco

No alcancé a conocer el final de la extraña asamblea de los cooperativistas de Unomásuno porque no tuve la menor duda de que aceptarían la privatización de la empresa, que por lo demás no tenían que aceptar o rechazar.

Carmen Lira, en su calidad de consejera de las empresas formadas en las sombras dirigió la reunión, apoyada por el gesto fiero, de porro político, de Luis Gutiérrez. Y la claque vociferante que a cada aire expelido por la lideresa reaccionaba con un aplauso, con expresiones de aprobación.

No le vi caso, a algo que había estado cuestionando y tomé mi maleta, nuevamente arrastrándola y me fui a casita. Entre tristeza por lo perdido y furia por el despojo, me senté en la sala a rumiar mi decepción.

Sonó el teléfono, respondí y era un arquitecto amigo personal del gobernador de Hidalgo, Rossel de la Lama, que estaba tomando posesión del cargo.

No había qué pensar. Acababa de abandonar el empleo y la p4opuesta de organizar una oficina de Prensa en Pachuca y una mini copia en la representación en el DF, era como un milagro. Acepté de inmediato, aunque condicionado a que haría un trabajo puramente administrativo y nada que ver con el mandatario.

Llegó un señor de una agencia automotriz que me entregó las llaves de una Combi nuevecita. La estaba revisando cuando sonó nuevamente el teléfono: era Manuel Becerra Acosta para, con su voz de trueno usual, ordenarme que me presentara en el periódico.

Contesté que ya no estaba en posición de ordenarme nada y que no permitiría que me llamaran a mi casa sujetos… no recuerdo qué más dije pero algún grito mal acomodado me hizo crecer la furia, le advertí que en ese momento iría al periódico. No sé ni a qué pero mi enojo era mucho.

Llegué a la cerrada donde estaba el diario y de frente topé con el auto de Becerra, acompañado por Carlos Payán. Caminé hasta el sitio donde había descendido el director, al que me dirigí con palabras malsonantes.

Payán, con rostro de asombro sólo movía la cabeza de un lado a otro y con un tímido dedito me decía no, no.

En la puerta del periódico, dos guardias, un chaparrito al que un día defendí de un valedor trastornado que lo insultaba diciéndole perro, y el joven güero, ex halcón, que era mi sobrino aunque nunca nos identificamos así.

Becerra con la voz más tranquila que pudo, me espetó: viene usted con gesto de rompemadres, Ferreyra.

Lo empujé suavemente contra su auto y le dije: déme el pretexto y verá.

El chaparrito decía a su colega, “oye, el jefe Ferreyra le va a soltar un chingadazo a don Manuel. Hay que pararlo”.

El güero, sin perder placidez, le indicó: si te mueves al que le van a dar el chingadazo es a tí, así que no te metas.

Un par de minutos bastaron para calmarme. Becerra con tono suave, me manifestó que no aceptaría una renuncia, me limité a repetirle que no estaba en posición de prohibir nada y le recomendé que guardara sus títulos de propiedad donde no les diera el sol.

Me fui a Pachuca, comencé a buscar el mejor sitio para que el l gobernador tuviese al alcance a los informadores. Revisé la lista en la que estaban muchos, no todos ni menos los que trabajaban como periodistas. Revisteros a granel sin revistas y amigos de ocasión del mandatario en turno.

El local que encontré dentro del Palacio de Gobierno, no facilitaría la intromisión con el gobernador. En esas andaba cuando fueron por mi unos sujetos de la oficina de Rossel; me dejaron con textileros que planearon una visita de Fidel Velásquez y la querían aprovechar para obtener pases en la autopista para los trabajadores de las factorías situadas en el entorno de esa vía.

Acordado que no quería tratos con el gobernador, acepté acompañarlo a la reunión con Fidel, que se desarrolló suave, sin chipote. Al retirarse el jerarca sindical, Rossel, con violencia incontenible, insultó a los industriales y, para resumir, les dijo que cómo se atrevían a invitarlo a un acto en SU estado, el estado que le dio el Presidente.

No esperé más, salí, agarré mi camioneta y me regresé a casa. Cuando alarmados me llamaron para que les enterase de la información, les comenté que de mi parte ninguna y que no molestaran porque no aceptaba que el presidente regalara ranchos con todo y esclavos.

Les expresé que podían ahorrarse el dinero que había devengado. No me interesaba y pedí que no volvieran a molestar. Lo lamentable, perdí la amistad con el arquitecto que era un hombre de bien… y terminó como encargado de Prensa…

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