COLUMNAS

Delirios pandémicos

De memoria

Carlos Ferreyra Carrasco

Dice el dicho que cada quien tiene su manera de matar pulgas. Es lo que con certeza estamos haciendo los reclusos pandémicos: habrá quien lea, el que aprende artes manuales y hasta el aspirante a pasar, con la práctica diaria, de pinche a chef. Eso me gustaría.

En tiempos normales y cuando era poseedor de mi maravillosa biblioteca en aquella casa que con gran ilusión hicimos realidad Magdalena y yo, acostumbraba visitar ciertas librerías del centro de este, mi eterno Distrito Federal.

No soy bibliófilo sino simple lector desordenado, sin método ni pretensiones culteranas. En esa perspectiva veía los estantes en busca de nada, pero siempre esperando encontrar obras de mi juventud, de mi niñez y de actualidad.

Con frecuencia compraba libros que iban a parar en determinado rincón de los libreros con la intención de curiosearlos. No eran obras de interés real sino de perversa curiosidad.

Cuando por obra y gracia de un progresivo deterioro económico debimos cambiar, vender, nuestra casa para treparnos en el cuarto de azotea donde hoy moramos felices y contentos, decidimos desaparecer la colección de libros, pero no buscando clientes sino beneficiarios.

Nunca fuimos una pareja previsora y creo que mucho menos ambiciosa. Vivíamos del salario diario, al acabarse por razones de edad las posibilidades laborales sin acordarlo ni conversarlo, sencillamente redujimos toda pretensión que implicara gastos superfluos.

A pesar de lo anterior, una extensa colección de obras fueron a parar a la biblioteca delegacional de Cuajimalpa. El encargado de la selección y donación fue mi hijo Carlos, que estaba de visita en México. Radica fuera del país. Hasta el momento que agradecieron la donación, pero ya no había sitio para más obras.

En la banqueta afuera de mi oficina, cortesía de don Ricardo Augusto Trejo, un joven que arrastraba un diablito con cajas, colocaba mantas muy limpias y exhibía los libros que ofrecía a la venta.

Le pedí que aceptara obras que todavía estaban en mi poder pero imposible acomodarlas en los escuálidos libreros que más parecen jugueteros. Aceptó venderlos y de hecho le fue bien, tanto así que luego de un mes pidió que hiciéramos cuentas.

Ante su azoro, le expliqué que al ser paso obligado de un par de Secundarias, pude constatar el interés de los jóvenes por leer. Creo que toda mi aportación fue adquirida por esos chavos que seguro dejaban de comprar un paste para almorzar, a cambio de una obra para disfrutar.

Le expliqué que era nuestra, suya y mía, buena acción ciudadana. No se los vendí porque bastante esfuerzo había hecho el joven para interesar a los estudiantes. Y con éxito.

Entre las novelas que sobrevivieron a esa sarracina literaria, hubo dos de esas compradas con intención de consultar pero nunca de leer en forma organizada. Ambas las encontré en estos días pandémicos y pletóricos de ocio, así que decidí curiosearlas.

Una, perversidad particular, sobre la vida de María de Magdala o María Magdalena. La autora que debería ser recetada para quienes sufren de insomnio, con un lenguaje intimista y adentrándose en lo más profundo del personaje, la casó con un joven procesador de pescado. No seguí porque en mi enferma mente esperaba que el matrimonio fuera con Cristo, tuvieran descendencia y ella fuera la piedra del culto naciente.

Seguro por allí continúa pero es demasiado voluminoso así que me fui tras una magistral biografía titulada Fidel y Raúl, mis hermanos. Obvio, la narradora es una Juanita Castro Ruz y la amanuense una ex reportera de Televisa de apellido Colins.

Aquí cabe aplicar la frase de que se juntaron el hambre con la necesidad. Espléndidamente mal redactada, tanto así que la mitad de la obra esrá dedicada a denunciar y ventanear agentes gringos operando dentro y fuera de Cuba contra el gobierno de Fidel. Con profusión de nombres, cargos y encargos. Impresionante la descripción del embajador brasileño y su esposa como colaboradores, enanos y sirvientes de los jefazos de la CIA.

No oculta nombres de quienes a su salida definitiva de la isla, quedaron al cuidado de los refugios que le patrocinaba la agencia yanqui. Y detalla las actividades que desde el exterior, preparaban para invadir, otra Bahía de Cochinos con peores resultados, todos presos, hubo fusilados y bueno se trataba de un acto contra el país que la santa Juana presentó como algo idealista.

Ella, la noble señora, como líder para derrocar a sus hermanos y constituir gobierno.

La relación con la CIA se cancela cuando los señores del norte se cansaron de repletarle de doblones de oro las escarcelas. Hoy, si aún vive, la Santa Juanita es exitosa farmacéutica en la que nadie cree. Las giras internacionales se acabaron, ya no hay audiencia…

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