COLUMNAS

Los plantones

De memoria

Carlos Ferreyra Carrasco

Desde tiempos inmemoriales quienes tienen causa o simples ganas de jorobar, han instalado campamentos hoy llamados plantones; antes los desbarataban a macanazo limpio o usando las mangueras de los H. bomberos.

Desde el 68, para no irnos tan atrás, se hicieron plantones que fueron rápidamente desbaratados por la bota castrense o por los tanques ligeros con los que igualmente perseguían gente por la sierra.

Los profesores guerrerenses, nada que ver con los delincuentes vividores de las casetas de las autopistas, hicieron algunos plantones que terminaron con enérgica invitación a trasladarse a cómoda celda. Breve tiempo y vuelta la burra al trigo.

La desesperación y las constantes agresiones de los verdes contra los habitantes serranos, tras la inútil formación de un par de organismos civiles para participar institucionalmente en política, lanzó a los maestros a la montaña. Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas.

Conocemos el desenlace de la historia: los dos mentores asesinados, su gente cercana a final de cuentas, cooptada por el sistema, algunos inclusive el hijo de Genaro, en manos del PRI fueron alcaldes y ocuparon algunos cargos administrativos.

Digamos que eran tiempos de heroicidades. Viene al caso porque a raíz de los plantones tabasqueños y detritusdefecalenses a cargo de López Obrador, se determinó que no se volvería a molestar a quienes ocupaban determinados puntos de la capital en fechas previas a festejos cívicos.

Esta es historia: Aprovechando la teórica permisividad, algo así como respeto a los derechas ciudadanos, jóvenes universitarios decidieron plantarse por las orillas del Zócalo.

La tienda era amplia, contaba con colchonetas y cobijas para enfrentar el frío y un calentador de agua para el cafecito. Sólo se permitía esa bebida y una poca agua con azúcar.

Sorprendente la resistencia de los jóvenes, de hecho ex unamitas. Después de un par de semanas se conservaban rozagantes, activos, sin taras por la relativa inmovilidad.

Entre los plantonistas estaba mi muy querido amigo El Mandarín, conocido como Agustín Granados. Un personaje del que he hecho muchas referencias, uno de los mejores reporteros mexicanos, que desgraciadamente adelantó su viaje final.

Pasaba ocasionalmente a ver cómo estaban y si algo se les podía ayudar. Platicando dentro de la tienda, miré un sospechoso bulto bajo la ropa amontonada en un mueble de madera. Curioso, cuando descubrí el terrible secreto, me doblaba de risa.

Allí estaban los platos todavía con rastros de los tacos de canasta que les llevaban clandestinamente a medio noche. Y cómo podían faltar la enorme Coca Cola y la botella de ron Bacardí.

Muertos de risa, me explicaban que las penas con pan son menos, y con taquitos de canasta, todo es gloria.

El siguiente plantón que me tocó, fue el de Reforma donde el millar o más carpas se encontraban desocupadas y colocaban gente en horario de oficinas. En la noche, cada chango a su mecate y todos felices.

Una sola ocasión vi al Peje acompañado por dos personas, una quizá la Cheimbaun y la otra ni idea. Permanecieron un buen rato, la carpa, por cierto, parecía de jerarca beduino, con una alfombra y recámara equipada. Nunca se ocupó y lo se porque quedaba al cruce de Juárez hacia El Universal a donde asistía regularmente.

Luego me tocó el Calvario de los inútiles de la CNTE en el Monumento a la Revolución donde lo mismo las carpas solitarias, algunas ocupadas por fritangueras que vendían unas riquísimas tlayudas y mezcal de mina o de pechuga, con gusano o sin gusano.

En el mismo sitio, sobre el promontorio donde está el monumento, exhibición, venta de ropa tradicional, de bordados y otras artesanías. Insisto, las tiendas vacías.

De los manifestantes desnudistas de Cesar del Ángel, los 400 pueblos, allí no hay más remedio que cumplir porque no sólo los traen, sino que les dan financiamientos para la cosecha o de plano ayuda directa. Cesar, lo confesó cínicamente, no se acerca al campamento que se levanta en el Monumento a la Madre.

Cuenta con dos residencias, una en la Zona Rosa y otra en Polanco, pero igual, prefiere quedarse en un hotel de las calles de Londres.

En los días que tiene como mandamás YSQ, todos los días hubo plantones y protestas. Pero sólo han sido reprimidas las manifestaciones contra el gerifalte. Ya lo dijo su voz capitalina: no se abrió el Zócalo para impedir contagios y además choques violentos con quienes si pueden usar la plaza y no contagian.

Verdaderamente perverso, después del robo de carpas y agresiones contra los frenistas, el Sol que ilumina el futuro de la nación, invitó a los plantonistas a permanecer mucho tiempo, a no desanimarse.

Desde luego ni a López Obrador y mucho menos a los protestante, les importan las consecuencias que sufrirán negocios y trabajadores de la zona. Se trata de una lucha de voluntades, de ver quién dobla a quién.

Por la vecindad de mi oficina con los manifestantes del Monumento, presencié los abusos de los maestritos saqueando cínicamente los comercios y atragantándose de comida cuya cuenta, repetían, es por la causa. Nunca pagaban.

Desesperación, cierre de pequeños negocios y la solución: un refuerzo de siete mil millones solicitado por el respetable senador Ternurita, alias Mancera, de los que sólo obtuvo tres mil millones.

Se trataba del rescate de negocios y empleos; el entonces gobernador capitalino vio la oportunidad y no la dejó ir. Puso a disposición de quien lo solicitara, créditos con bajos intereses. No hubo rescate pero alguien se benefició grandemente de la Operación Salvamento.

El bloqueo a los accesos de la enorme plaza, tenía una sola entrada en la calle corta y amplia con juegos de agua en el piso y banderines de las entidades que conforman la República.

Casualmente allí está un comedero Bisques Obregón, también casualmente propiedad de la familia de Ternurita. Lo mismo, casualmente en ese sitio había vigilancia policiaca para impedir las raterías de los Centeístas.

Y bueno, todo esto para certificar lo poco que importan trabajadores y negocios pequeños, en evidente vía de extinción por ataque simultáneo de dos virus fatales, el bicho que nos confinó y la plaga de ocupantes de las instalaciones virreinales…

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