COLUMNAS

PIT, siempre vivo

De memoria

Carlos Ferreyra Carrasco

No recuerdo la fecha en que lo conocí, pero tengo muy presente que yo regresaba de Cuba, donde trabajaba en la agencia Prensa Latina, y su sonrisa amable, su mirada franca y la sinceridad que sentí en el apretón de manos con que me dio la bienvenida, fue un trago de agua fresca.

Lo explicó: Tras varios años de dirigir la agencia cubana de noticias en la zona México—Centroamérica, y siete de ellos en permanente viaje por el subcontinente, residencias temporales en distintos países, expulsiones de varios y reportar asonadas, golpes de Estado, guerra y guerrillas, a mi regreso al país sencillamente un apestado.

No había medio que me abriera las puertas, ciertos Corresponsales me colgaron la nacionalidad cubana y la categoría de G2, el organismo de espionaje entrenado en Israel, la URSS y Yugoslavia.

Fue Héctor Anaya, abuelo de la súper niña doctorada a los 15 años en Harvard, quien me tendió la mano y me llevó a colaborar con él en el programa Cada noche… Lo inesperado que conducían Luis Spota y Dolores Ayala. Por ahí fue que Anaya me presentó con Paco Ignacio Taibo.

Refugiado en México, a PIT como lo conocíamos muchos, no se le ocurría satanizarme por mi pasado, todavía presente, en Cuba. Gentil, siempre sonriente y con una frase de aliento, cuando le expresaba dudas sobre los materiales que le entregaba a Héctor para lectura en cámaras de los dos principales conductores.

También consultaba con este, pero de hecho el programa lo imaginaba, lo armaba y lo diseñaba completo el escritor, lingüista y amigo, al que le asignaban una sección de tipo cultural. Inteligente, en serio.

Con mi querido y también siempre recordado Agustín Granados, Spota nos colocó en dos sillas, de frente a las cámaras donde leíamos al alimón los materiales que nosotros mismos elaborábamos, un resumen diario llamado Columna sobre columnas.

Héctor me conminaba a frasear mejor, a practicar la vocalización, lo que mi natural pudicia me impedía. Hasta que un día Spota me pidió que me cortara el robusto mostacho “porque se te pierde la voz abajo del bigote”.

Me dí por ofendido, Paco Ignacio al darse cuenta, con una sonrisa (lo recuerdo siempre sonriente) me comentó que quizá la pantallita no era mi vocación. Y bueno, pasaron otros episodios en los que siempre recibía el apoyo, o más bien la protección de Anaya, hasta que un día me recibieron en Excelsior y volví a la máquina de escribir.

Mucho tiempo pasó y un día como responsable del área internacional en El Universal, tuve la fortuna de coincidir con Paco Ignacio Taibo en el despacho vecino, enfrente, Matarili un gran innovador del columnismo con ese híbrido de información política, episodios de la farándula y mucha noticia del mundo del crimen usando un lenguaje desprejuiciado; enfrente en una oficina con muebles de caoba y alfombras presuntamente persas, Enrique Castillo Pesado.

Éramos los únicos tres en ese piso, lo que facilitó hacernos amigos, especialmente Paco, Enrique y yo. El Mata se cocía aparte, hombre respetuoso tenía su propio mundo por otro lado.

Paco comenzó a reunirnos en su casa para disfrutar las comilonas de Maricarmen, su esposa siempre sonriente, amable y dispuesta para alegrar a quienes nos habíamos convertido, si no en habituales, al menos en periódicos degustadores de las excelencias culinarias de casa.

Benito, mi compañero en Notimex, solía acompañarnos igual que lo hacía “Pacoignacín” como lo nombraba Maricarmen. Reuniones muy ilustrativas en lo político y lo cultural, especialmente libros y autores.

Pasaron los años, tuve el honor, la satisfacción de imaginar algunos pensamientos del Gato Culto que dibujaba a diario Paco con un globo en el que el animalito filosofaba. Conservó varios que son parte de mis tesoros íntimos.

Pude observar la degradación ocular de Paco, lo que nunca le quitó la sonrisa ni el ánimo para escribir. Una jovencita pasante de Comunicación o algo parecido, leía para el también novelista e historiador, los diarios, las publicaciones semanales y redactaba lo que el casi ciego escritor le dictaba. Sin perder la sonrisa.

Leo en cierto comentario de descastado opinador, que en la última etapa de su vida Paco vivía alcoholizado. Me parece el colmo de la infamia, de una mente incapaz de mostrar no digamos empatía, sino respeto para quien en circunstancia diferente, no le hubiese podido sostener una mirada de frente.

Por todo esto me duele mucho Pacoignacín. Cuando en ceremonia cívica el Peje, ausente, miraba sin ver la marcha de la bandera y escuchaba sin oír el Himno Nacional, a su lado Taibo hijo hacía la V de la victoria, la que casi patentó Fox.

Luego, brincando las leyes, el autor de novela negra, nacido en Gijón y que se fue a España mientras se resolvía el desgarriate del 68, al tomar ilegítimamente la dirección del Fondo de Cultura Económico, exclamó: Se las metimos doblada.

Si, a los mexicanos, los que amparamos a ese viejo entrañable que dio todo lo que era y sabía a los hijos de la patria que adoptó como suya; fuimos violados, infamados por quien ahora, sin el menor sentido de la decencia, se piensa con el derecho y el poder de expulsar a los mexicanos de su propio país. Sus padres se volverían a morir sólo de escucharlo…

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