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COLUMNAS

Trump, Biden, El País y el fin del mundo

INDICADOR POLÍTICO

Carlos Ramírez

La polarización política e ideológica latigueada por Donald Trump parece haber llevado a los analistas –intermediarios de la información y responsables de desmenuzar mensajes para que la sociedad se informe antes de decidir– a situaciones de parcialidad no periodísticas. Es decir, hay periodistas y medios que han perdido la objetividad en el tema estadunidense.
El editorial del periódico español El País del 28 de agosto debe ser un caso para estudiar en las escuelas de periodismo en las materias de géneros de opinión. Titulado “Trump o el apocalipsis”, la intención de ese espacio de opinión que refleja el pensamiento del diario no es ofrecer un análisis equilibrado de las posiciones de los candidatos, sino orientar el enfoque a destruir –no criticar– al republicano Trump y dibujar al demócrata Biden poco menos que un angelito de la caridad.
El problema del enfoque que involucraría la opinión al diario en la definición de enfoques de una realidad radica en el maniqueísmo: Trump aparece como el demonio destructor de la democracia, en tanto que Biden sería el salvador. Pero si se revisan con criterio riguroso las cosas, Trump ha sido un abusivo, racista, grosero, mentiroso, pero no ha minado la democracia estadunidense.
Pero aquí viene la peor parte: un análisis real de la democracia –de Tocqueville a Bobbio– puede llevar a la conclusión de que el modelo económico-militar-industrial-financiero-mediático de los EEUU no es una democracia y que en los hechos demócratas y republicanos son los guardianes de un modelo económico de explotación mundial para garantizar el confort de una élite de quizá 170 millones de estadunidenses –la mitad del total–, aunque con beneficios para el 1% de los más ricos. Jeff Bezos, dueño del The Washington Post, llegó a una fortuna personal de 200 mil millones de dólares por medio de un negocio comercial y, sobre todo, la explotación de miles de trabajadores.
Las guerras estadunidenses de ocupación ideológica –Kennedy en Vietnam y Cuba, Nixon y Kissinger en Chile y América Latina, republicanos y demócratas contra el islamismo–, de recursos naturales –Reagan y los dos Bush y los demócratas Clinton y Obama– no son una prueba de democracia, sino de una política exterior imperialista para mantener el modo de vida de su sociedad. Obama votó como senador a favor de la invasión a Irak por Bush Jr. con datos de inteligencia británica que fueron falsos desde el principio.
Por eso llama la atención el párrafo final del editorial de El País diciendo que votar por Biden y contra Trump sería el “regreso (…) a la normalidad institucional, la división de poderes, los controles y equilibrios y el funcionamiento de las garantías constitucionales de las libertades de los ciudadanos”, justo en medio de las guerras civiles moleculares (concepto de Enzensberger) entre negros y blancos por la brutalidad policiaca racista de policías locales de condados y estados gobernador por demócratas.
Los votos de la minoría racial afroamericana y de los hispanos por la regularización de su estatus migratorio por ocho años de Obama en la Casa Blanca fueron traicionados porque el gobierno de Obama no llegó a defender a sus hermanos de minoría y color de piel, sino a salvar el capitalismo de la crisis financiera y corporativa de 2008. Y afirma el editorial de El País que esos valores morales de los EEUU forman parte de “todo lo que Trump ha atacado”. De haber sido así, los EEUU serían ya el paraíso terrenal y no la tierra de los abusos de poder de las policías y las invasiones estadunidenses en el medio oriente.
Los periódicos tienen derecho a votar por sus políticos preferidos, pero creo que algo tiene qué hacerse con la responsabilidad y la ética respecto a las evaluaciones equilibradas de la realidad. Si ahora resulta que los demócratas son los buenos porque los republicanos de Trump son los malos o los peores, entonces está haciendo falta el principal activo del periodismo: documentar la realidad, no usar la información y el poder de la prensa para beneficiar a un político. Porque, al final de cuentas, lo peor estaría en que en el fondo a lo mejor El País ni siquiera comulga con los demócratas, pero con tal de atacar a Trump los presentan ahora como los buenos de la película.
Aquí hemos insistido es que las elecciones en los EEUU no son democráticas, los ciudadanos votan por sus pasiones, sus carencias o sus beneficios, y que el sistema político estadunidense no es un faro de democracia, ni de bienestar, ni de sueño americano. Basta ver las formas de superexplotación de minorías afroamericanas e hispanas y los sacrificios para ganar dinero en dólares, mientras las élites configuran la comunidad de los hombres más ricos del mundo.
Entre muchos, hay cuatro testimonios sociológicos sobre la configuración del sistema estadunidense como un aparato de explotación: La élite del poder, de C. Wright Mills (1956); La arrogancia del poder, de J. William Fulbrigtht (1966); ¿Quién gobierna los Estados Unidos?, de G. William Domhoff (1867); y El establishment americano, de Leonard Silk y Mark Silk (1980). En ellos se perfilan los verdaderos poderes que mueven la maquinaria, el dinero y el poder en el imperio, sean demócratas o republicanos.
El repudio a los estilos de Trump es válido, pero merece mejores y más profundas investigaciones periodísticas. Ni Trump es el demonio, ni Biden es el ángel. Los dos son sujetos históricos de las fuerzas que dominan el imperio económico, militar, tecnológico en la Casa Blanca. De nada sirve apoyar desde la prensa a Biden si Obama decepcionó al mundo, después de su discurso de campaña en Berlín, al mantener la política invasora d e Bush Jr. en el medio oriente y su guerra contra el terrorismo islámico.
Las deportaciones de hispanos, la pobreza estructural y la brutalidad policiaca contra los afroamericanos no son accidentes de gobierno, sino políticas de Estado.

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