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COLUMNAS

Democracia De Chisguete

De memoria

Carlos Ferreyra Carrasco

Cuando dos hombres inteligentes, sabios, se juntaron para buscar un camino que diera participación efectiva a las minorías en los asuntos del Gobierno, nunca tomaron en cuenta el carácter abusivo, aprovechado y tramposo del mexicano medio.

Las elecciones, bajo control de un órgano dependiente de la Secretaría de Gobernación, eran repetición de las anteriores, esto es, una votación absurdamente mayoritaria por el que en los hechos era el partido único y algunas migajas para el patiño, el furibundo panismo, entretenido o más ocupado en sus órganos internos de ideas cuasi nazis que en los comicios nacionales o estatales.

Para las agrupaciones que se definían a sí mismas como de izquierda, comunistas, socialistas, maoístas, no había siquiera la atención de una regiduría en, por ejemplo, Pendenjícuaro, San Tejeringo o Parangaricutirimícuaro.

Jesús Reyes Heroles y José López Portillo esbozaron y llevaron hasta el fin, la elección de legisladores de partido de mayoría, de representación proporcional. Los beneficiarios no tenían que ganar en las urnas, sino ser seleccionados por las dirigencias de sus partidos y así pasar a formar parte del selecto club de los toros de regalo.

Lo que parecía un adelanto en el precario mundo de nuestra democracia, se convirtió y yo diría que nació el peor desorden político de la nación. Fue, parafraseando a un clásico, el fin del gobierno del pueblo, el fin de las ideologías.

Comenzó el festín con el registro cada seis años de partidos con propietarios, familias que constituyeron su agrupación, recibieron los recursos oficiales, adquirieron propiedades registradas a título personal y luego, sin ruido, desaparecían arrastrando costales de billetes.

La izquierda, que muchas décadas se mantuvo con sus diferencias, se convirtió en un muégano. Todos apelotonados en el centro sin diferencias filosóficas o teorías distintas.

El oportunismo, la gandallez asomó por doquier. Mostró a fin de cuentas que si no habíamos expuesto el cínico rostro del oportunismo, era por la simpleza de que no existíamos, salvo como emisores de votos.

Vemos hoy con vergüenza el saltadero de políticos de un partido a otro, el que les ofrezca mejores perspectivas electorales o económicas. Ejemplos sobran y van desde el eterno vividor Pablo Gómez, la señora Lily Téllez, los dueños del Verde Ecologista, los perredistas y creo que ninguna agrupación se salva.

Para llegar hasta nuestra actual democracia de chisguete, se llegó al colmo de reconocerle una gubernatura al PAN sin haberse cerrado las votaciones. Época, Carlos Salinas; protagonista, Luis Donaldo Colosio. Lo que siguió fue la negociación con mayor efecto en los resultados de los comicios, las votaciones.

Las aportaciones de don José y de don Jesús quedaron cojas. Debió establecerse el criterio de que el ciudadano vota por unos colores con los que simpatiza por su ideología, su plataforma y sus propuestas en beneficio popular.

Eso impediría los brincos de los desvergonzados legisladores. Aunque formalmente se maneje así, no es verdad que votamos por el hombre, del que no sabemos un demonio, sino por simpatía partidista.

Hoy no se encuentra mínima diferencia entre los partidos que, como dijo León García Soler, están amontonados en el centro. No hay una derecha respetable, pero tampoco una izquierda sólida y actuante. De lo que era el centro perfecto, el tricolor, salvemos a Dulce María, y el resto al bote de la basura.

En todo este desgarriate, nacido de una noble intención, no sabemos quién es quién, el mando lo tienen los perpetuos propietarios del mundillo electoral. La partidocracia, le llaman los europeos…

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