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El innombrable

Contracolumna

*Presidente chairo

José Martínez M.

El periodista Julio Scherer le puso el sobrenombre de “pejelagarto”.
Scherer lo veía como un político lagartón –como se le dice en México a las personas que tienen cierta picardía– le decía así por su “colmillo”, su cinismo y su astucia política.
Con descaro, Obrador para zafarse de ese apodo, dice “me podrán llamar ‘peje’ pero no lagarto”.
Ahora busca inhibir a sus críticos para que no utilicen su nombre so pena de demandarlos, porque según él, pretenden “lucrar” con su persona. Falso.
A lo largo de su vida el tabasqueño ha recibido distintos apodos. En su infancia cuando asistía a la escuela primaria sus compañeros le pusieron “El Molido”. Quienes lo conocen desde niño lo recuerdan por su pereza y por andar mal arreglado.
Años más tarde, en su adolescencia, recibió el sobrenombre de “El Americano” por usar la ropa de las pacas de la “fayuca” que usaba y cuya familia vendía en un pequeño establecimiento.
Cuando acudía a la Universidad en la Casa del Estudiante Tabasqueño sus compañeros le pusieron el sobrenombre de la “Piedra”. Era tan mal estudiante que sus paisanos decían era un diamante en bruto al que habría que “pulirlo”.
Cuando comenzó a mostrar sus dotes para manipular a la gente como líder del PRI en Tabasco, recibió el apodo de “Comandante”. Le gustaba dar órdenes para movilizar a la muchedumbre.
Pero sin duda todos los identifican como el “Pejelagarto”.
Ahora ha decidido registrar su nombre como si se tratara de la patente de una marca comercial.
Vaya ni el Che Guevara se imaginó terminar convertido en un ícono comercial. Muchos morenistas usan camisetas y hasta calzones con la imagen del Che.
El fotógrafo Alberto Korda convirtió una foto instantánea del Che en un ícono. La del mítico guerrillero se convirtió en una imagen comercial a nivel mundial. Incluso una bebida alcohólica pretendía el uso de esa imagen para una campaña publicitaria. La marca de vodka Smirnoff fue llevada a juicio ante la Corte de Londres por el famoso fotógrafo cubano al oponerse a que se denigrara la reputación del Che.
Hace unos años en México (1993) el fotógrafo Pedro Valtierra y el periodista Miguel Ángel Granados Chapa perdieron un juicio civil ante tribunales por publicar en la desaparecida revista Mira, una fotografía del poeta y ensayista Gabriel Zaid. El escritor argumentó que los mencionados periodistas habían incurrido en uso indebido de su imagen. Un juez le dio la razón a Zaid quien debía recibir en compensación un millón de pesos y una disculpa pública. Al final se llegó a un arreglo, no hubo pago alguno y se acordó no volver a publicar ninguna imagen del poeta.
El escritor Germán Dehesa también protagonizó una protesta cuando en Tv Azteca en su programa Hechos de Peluche utilizaban una marioneta con su imagen. Tenía razón Dehesa quien argumentaba que el uso de un muñeco con su imagen lo exponía a la humillación pública.
Pero el caso del presidente Obrador es un exceso. Ha llegado al extremo de solicitar a Facebook y Twitter que retiren las críticas a su persona. Las que antes eran definidas por el tabasqueño como las “benditas redes sociales”, ahora se han convertido en demoniacas.
Obrador es una figura pública, su persona está expuesta a la crítica de los medios y al escrutinio de la sociedad.
Todos los políticos están expuestos a la crítica. Los medios están obligados a diferenciar lo público de lo privado. Eso, lo sabemos, es sancionado por la ley, pero cuando los políticos hacen público lo privado ahí se rompen las reglas.
Durante años Obrador hizo escarnio de los presidentes y de otros muchos políticos. A Fox lo llamó “Chachalaca”, a Salinas se refería como el “Innombrable”. Y a todos en su conjunto los llamaba la “Mafia en el poder”.
A sus críticos, lo mismo periodistas que intelectuales les ha endosado innumerables adjetivos. El propio Gabriel Zaid hizo un inventario de los ataques de Obrador. VER ENLACE, dar clik
(https://www.letraslibres.com/mexico/politica/amlo-poeta)
En ese texto titulado “Amlo Poeta”, Zaid escribe: “Las personas que insultan suelen tener un repertorio limitado y repetitivo. No AMLO. Es un artista del insulto, del desprecio, de la descalificación. Su creatividad en el uso de adjetivos, apodos y latigazos de lexicógrafo llama la atención”.
Zaid lo exhibe como un presidente chairo, como un político que al igual a sus fanáticos le echa la culpa de todo lo negativo a la “derecha”.
Ahora el tabasqueño que se mofaba de Salinas, será mencionado como el innombrable ya que ordenó a sus achichincles tramitar ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial registrar los nombres y sus siglas de él y de su esposa como “marca comercial” para “evitar que terceros puedan lucrar con ellos”.
Si esa barbaridad ocurre, durante diez años quedará prohibido el uso de su “marca”.
Tenía razón Julio Scherer en descifrar el ego de Obrador como un político tramposo y deshonesto sintetizado en el apodo del “Pejelagarto”.
Un político sembrador de odios.

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