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Un hijo, nunca es un estorbo

Socorro Valdez Guerrero

Mi cabeza comenzó a dar vueltas. Sentí desmayaría. Me quedé atónita. No lo creía. Me miró fijamente, y mi intuición de madre me había fallado. No lo noté en diciembre cuando por la fecha le invité a tomar una cerveza o un vodka. Ahora me alertaba. Se paró firme, aunque avergonzada. Lo sabía sin que emitiera una sola palabra, ¡está embarazada!..”Mamá, ¡estoy embarazada!”. Todo me dio vueltas, literal, me dio vueltas. Sentí caerme, aunque estaba sentada. No lo creía, les había hablado desde los siete años de anticonceptivos, de todo lo a lo que conlleva un embarazo no deseado o inesperado.

Por eso, ¡no lo creía! Fui Madre a edad tardía para mi época -29 años-. La miré con ese estupor de pensar, ¡ya se dio en la madre! Apenas 17 años. ¡La escuela, no terminada! ¿Qué va hacer a esa edad? Seguía atónita y ella, con su carita triste y espantada a mi reacción. Hasta su padre lo sabía.

Todos lo sabían, menos yo, ¡todos! ¿Qué vas hacer? ¿Qué quieres hacer?..Le hablé hasta de las posibilidades del aborto. ¡Ya te desmadraste!..Me miró fijamente, y con seguridad, me enfrentó: ¡No!, claro que no, tú nos enseñaste que un un hijo, nunca, nunca es un estorbo. Que lo que buscas, lo consigues, y yo, lo voy a tener y voy a enfrentar la vida como nos haz enseñado.

Me dejó perpleja su respuesta. Me sacudió, y me sentí orgullosa. Fue mi primer estreno como ¡abuela! Después, nuevamente la incertidumbre. Ahora era mi otra hija. Ya no sucumbí, ya no sentí desmayo, aunque era, ¡otra vez! De nuevo, embarazo. Ahora un año más, a los 18. ¿Qué pasaba? Sí lo sabía, eran múltiples factores. Múltiples. Otros diseñan, ¡no las cuidaron! Y responsabilizarían a los padres. No ni a quien las embarazó.

Son muchos favores, que no justificaba embarazo temprano, aunque era un hecho. Habían sucumbido a la experiencia sexual. Al no cuidarse aún cuando conocían previamente las consecuencias. Era embeleso del primer amor. Hasta una vida familiar fracturada. Eran muchas cosas que programas sociales no evitan. Eran dos casos parecidos, aunque no iguales. Y sí, eran mis hijas.

No sentía decepción. Habían tomado su decisión y había que respetar. Ambas, decidieron por la vida y eso me hacía sentir orgullosa. Orgullosa porque enfrentaban y me sacudían para pensar en la fortuna de ser abuela. Ella, la segunda me hizo reflexionar en ese orgullo de tener nietos. Sobre todo ante la sombra de la muerte que siempre está sobre mí.

También le hablé del aborto, y con firmeza también, lo rechazó. Eso me llevó a considerar que era una fortuna ser abuela. Ahí, parada en el interior de un vagón de ese Metro, de la línea elevada qué pasa por Jamaica, viajaba aún con mis pensamientos de, ¡otra vez! Otro embarazo. ¿Qué van hacer, aún son hijas de casa, sin experiencia, sin concluir sus estudios?

De repente aparece en mi vista esas grandes coronas para honrar a los muertos. Mi mente me llevo y me ubicó: “¡No vas a comprar coronas, flores para un muerto, vas a comprar ropita, sí, ropita, va a dar vida! ¡Vida! Será alegría, no llanto.

Mi tristeza, mi depresión causada por ese nuevo embarazo, cambió. Sonreí y sacudí mis pensamientos. Elevé mi mirada al cielo, pedí perdón y agradecí, sí, va a dar vida.

Que valentía de ambas. Un arrojo que no tuve a los 22 años. Una cobardía que no tuvieron a los 17 y 18 años. La dos me daban una lección. Enfrentar ser madre y hacerme abuela, sin miedo al futuro. Y hoy, sí, hoy soy ¡abuela! De cuatro bellezas. De cuatro niñas y niños que en mis momentos de nostalgia, de abatimiento, me brindan una sonrisa o una caricia. Una abuela orgullosa de dos hijas.

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