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Compañero leal, siempre testigo mudo de lo que vio; me dolió despedirme

Socorro Valdez Guerrero

¡Lo destacé! La verdad lo había pensado mucho. Tanto que desde hace cinco años me había propuesto hacerlo, aunque no quería acabar con su vida. Fue mi compañero de trabajo, de parrandas, incluso se convirtió en el testigo de mis múltiples relaciones y amoríos. Él había servido un tiempo a mi padre, otro, a mis hermanos. Ahora estaba conmigo. Estuvo involucrado en un delito. En su trasero llevaba las huellas de dos balazos. Había cambiado poco su imagen, se le veía deteriorado. En el abandono, y aún así, tenía un sentimiento profundo por él. Nunca quise abandonarlo ni permití que se fuera con otra, o con otro. A él le daba igual. Era más joven que yo, nació en 1987, aunque compaginábamos muy bien. Disfrutábamos estar juntos. Él andaba en automático, al igual que yo. Era ahorrador y nunca me fallaba en nada; sin embargo, lo cambié y ahí lo dejé abandonado. Me embelesaron otros y aunque no lo compartía con nadie, también él seguía fiel a mi, a pesar que sabía de otros con los que me divertía.

Hubo hasta quien me lo quiso arrebatar y lo defendí con uñas y dientes. Mis hijas aprendieron a quererlo. Varias veces las llevó al colegio y disfrutaban jugar sobre él. Mi madre también lo apreció, tanto que lo defendió cuando un microbusero le pegó. Llegué enfurecida, porque ese chofer abusaba y jaloneaba a mi madre, y a él lo dejó parado con un gran golpe. Mi furia me cegó y rompí el parabrisas de ese micro. Lo amaba, lo protegía, lo defendía de quien intentara maltratarlo, y él me correspondía sin una falla. No me dejaba ni me abandonaba a mi suerte y menos ante el engaño con otros. Me era fiel y aunque sabía que yo no lo era, porque usaba a otros de más lujos, en realidad yo lo amaba a él.

Ambos creímos que siempre estaríamos juntos. Al menos siempre así lo consideré. Mi esperanza era darle una ayudadita para mejorar su aspecto, y en uno de esos tantos días, después de varios intentos, de diversas vivencias, de compartir juntos hasta el menosprecio por su aspecto viejo, descuidado y deteriorado, aunque funcional, llegó lo ¡Inesperado! Fue detenido, se lo llevaban, lo engancharon, lo encadenaron. Sin orden ni aviso, llegó la policía y muy de madrugada, ya lo tenían en sus manos. Aunque me avisaron para defenderlo, ahora no estaba yo. Ya me lo habían advertido, ¡se va de aquí, o no lo llevamos! Era un abuso. Una violación. No lo usaba y había que llevármelo, ¿porqué? Y ahora, era inesperada su detención. Nunca pensé que así sería.

Fueron mis hijas y mis sobrinas las que salían en su defensa. Intentaron quitarle las cadenas, mientras yo, vía telefónica buscaba a quien me ayudara a liberarlo. Buscaba defenderlo aún a lo lejos. Hablaba con los altos mandos de la policía, en un intento más por evitar ese abuso. Los vecinos no entendían mi actitud, y yo lo amaba. Insistí, y lo ¡Logré! Ordenaban liberarlo, aunque esa jerarquía no importaba a los subalternos que se habían empecinado en quitármelo.

No obedecían la orden, y él, inesperadamente se amarró, hizo más difícil su traslado, ya no caminó y no podían con él. Antes ya había sufrido quemaduras de algún despiadado que quiso acabar con él. No entendía que odio sentían. Le habían rociado aceite y le habían prendido fuego, y, ¡sobrevivió! Sólo quemaduras en su interior. Sus entrañas fueron destrozadas. Lo salvé de nuevo, lo hice volver a caminar y mostrarme su amor. Apagué las llamas que le quemaron rápidamente. Aún humeaba y evité que acabaran con él. Me deprimió su aspecto. Me senté a llorar en la banqueta y a observar sus quemaduras. Quería saber quién lo quería muerto, quién deseaba desapareciera “mi chiquitolín”, como le decía.

Era al segundo que le apodaba así, aunque éste no era tan pequeño como aquel que fue mi primer amor y me enseñó lo que no sabía, porque era más viejo que él, y aunque había nacido en 1960, lo quería igual, y a él no deseaba abandonarlo ni que tuviera la misma suerte que mi viejito. Ahora, aunque más joven, me querían despojar de él. Querían obligarme a dejarlo y no disfrutar más de su presencia. Había un pretexto, una nueva disposición, querían mejorar mi “Calidad de Vida”. ¡Ja!..Era una medida tonta y absurda. ¡Calidad de vida! ¿Su vejez ya no le permitía darme eso? Me negaba a aceptar sus absurdos, y yo, ya había tomado una decisión antes que lo destruyeran, lo aplastaran y no quedara nada de él.

Mi mente peleaba con mi consciencia de mejor acabar yo con él. De matarlo yo, y tomé una decisión, difícil y definitiva: ¡Lo descuarticé!, fui cortando cada parte. Usé primero un mazo, luego una cierra…Poco a poco lo desmembré. Cada golpe era fatal, lloraba en silencio. Me salieron las lágrimas. Me ayudó él. Sus músculos resaltaban cuando poco a poco fue asestándole cada golpe. Yo cortaba las partes que colgaban.

Fue una tarde dolorosa, porque veía cómo acabábamos con él, con su juventud. Era preferible, pensé, no les daré el gusto de quitármelo. Y no te quedarás con nadie ni su recuerdo quedará. Samy, intentó consolarme. Así vi cómo salió ese líquido rojo, tan rojo y viscoso que manchó la acera. Luego otro líquido más, tan negro que mancharon mis manos. Luego fue perdiendo una rueda, una puerta, luego la otra, paulatinamente quedaba en nada. Nos llevamos entre varios el cuerpo que le dio vida: la caja y el motor, que aún están ahí, como mudos testigos de ese Datsun 1600, que tantas aventuras vivió conmigo.

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