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Obrador, un Presidente ruin; el peor gobierno en el peor momento

Contracolumna

José Martínez M.

Carajo, no puede ser posible que tengamos un presidente tan ruin. El país no se lo merece.
Ya vimos qué pasó cuando nos dijo que se había aplanado la curva. Entonces iban 3 mil muertos y para finales de abril, se nos dijo terminaría el confinamiento. Estamos próximos a los 50 mil fallecimientos y al medio millón de contagios. Somos el tercer país más mortífero de la pandemia y el presidente nos sale con la ocurrencia de que va a usar el cubrebocas cuando se acabe la corrupción. Carajo.
Las gentes más sensatas han hecho innumerables reflexiones sobre los grandes problemas que enfrenta el país y el presidente Obrador se muestra insensible y ajeno a sus responsabilidades. Es inconcebible su conducta indolente frente a la pandemia. Y no digamos sus respuestas banales frente a la crisis económica y la ola de violencia que azota el país.
Hay un hartazgo social pero el presidente recomienda crear el amlometro de la felicidad. Obrador se comporta peor que la reina María Antonieta que recomendaba “comer pasteles” a su pueblo hambriento.
Desde Palacio Nacional, en medio de la atmósfera de un lujo desafiante, Obrador actúa peor. Recomienda a los mexicanos comer maíz y frijoles y conformarse con unos zapatos viejos.
Durante la pandemia 12 millones de mexicanos han dejado de percibir ingresos. En ese mismo lapso, de acuerdo a cifras oficiales, el número de personas en condición de pobreza extrema ha pasado de 22 millones a 38 millones.
Obrador dice que con el “modelo” económico de su gobierno, la crisis del país no afecta a los pobres.
Pero su “modelo” ha sido reprobado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social por considerar que ha sido un reverendo fracaso.
De los 17 programas sociales evaluados por el Coneval, 15 registran incongruencias en relación al diagnóstico del problema; 13 de estos programas no plantean los mecanismos para medir los resultados que obtendrán los supuestos beneficiarios y cinco no tienen claros sus objetivos.
Pero el presidente para todo tiene una excusa. Sus “otros datos” son inexistentes. Jamás los ha contrastado, así que actúa con falsedad, hipocresía y engaño.
Tenemos un presidente pusilánime que no se compromete a nada. No es normal su comportamiento. Se conduce de manera extraña e inmoral. Un presidente con una mentalidad de un niño de cuarto año de primaria.
La politización de la pandemia es verdaderamente preocupante. El presidente, los partidos, los legisladores y los líderes de las organizaciones que están en contra del gobierno de la cuarta transformación, se han conducido de manera deleznable.
El presidente no puede festinar, que pese a la peor crisis económica del país en muchas décadas esta no le haga siquiera cosquillas a la gente pobre. ¡Por favor!
El tabasqueño se preocupa más por la rifa del avión y las fiestas del 15 de septiembre que por los verdaderos problemas que aquejan al país.
Este gobierno va a pasar como el de la mayor corrupción en la historia del país. Lástima que la propuesta del “Bronco” no prosperó porque entonces sí México sería el país de los políticos y funcionarios de las manos mochas.
Con Obrador la corrupción no solamente disminuirá, se acrecentará, pues por decisión presidencial no se llevan a cabo licitaciones, todos los contratos se manejan de manera discrecional, impera el favoritismo y las empresas creadas al vapor sin ningún historial empresarial. Así que olvidémonos de ver algún día a Obrador con un tapabocas. Vaya ni siquiera en los países con las sociedades de mayor desarrollo humano está extinguida la corrupción.
Pero Obrador es un Qujiote del engaño. Se le olvidó muy pronto que la gente votó por él porque estaba cansada de “tanta pinche tranza”. Esas eran sus palabras.
Pero ahora reina la desesperanza. El lema de “Por el bien de todos, primero los pobres” terminó siendo un simple slogan de campaña.
Gente sin acceso a la salud, que en desesperación acudió a hospitales públicos en busca de atención médica y ahora están endeudados. Enfermos, pobres y sin esperanzas.
¿Para eso es la cuarta transformación?
Y peor aún, el país se hunde en su deuda comprometiendo el futuro de las nuevas generaciones.
La deuda total del país ha roto todos los récords. El saldo es de 12 billones 73 mil 415.8 millones de pesos. Una cifra que jamás en su vida podrán leer ni escribir la secretaria de economía Graciela Márquez y sus tataranietos.

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