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Un presidente pequeño y un gobierno Liliputiense

Contracolumna

José Martínez M.

Obrador es un presidente extraordinariamente pequeño para un país de grandes retos.
Para él, lo bellamente onírico ocurrió cuando se tomó una postal junto al avión de la discordia.
–“Quería tomarme una foto para verme pequeñito”, confió a su auditorio. Y vaya que lo logró.
Su sueño se cumplió hace unos días cuando efectuó su “mañanera” en el hangar presidencial con el avión como parte del escenario.
No era necesario posar junto a dicho armatoste para sentir cuan pequeño es. Eso lo sabemos todos.

Pasarán los años y nos lamentaremos cuando nuestros hijos se pregunten por qué ocurrió este atropello en nuestra historia. Quizás entonces sabrán que el caudillo estaba mal de sus cabales. Para nuestro consuelo existen denuncias fundamentadas en los medios y en las redes sociales que han puesto en evidencia los excesos de este hombre y la pasividad del entorno que le permitió alcanzarlos.

Obrador ha convertido a Palacio Nacional –no solo como la casa de la mentira– sino en la tierra de Lilliput. Un presidente liliputiense como el verdadero tamaño de su ego.
Permanentemente en campaña (de guerra), Obrador ha convertido en su mente al país en una fantasía. Sus giras a lo largo y ancho de nuestra geografía son como los viajes de Gulliver.
Lo chusco es que Obrador no solamente confunde Fenicia con Atenas sino que suele bromear con sus allegados que él es un estadista porque visita a los estados.
Por sus malos chistes Obrador ha resultado un mal comediante.
En la carpa mediática de las redes sociales llueven sobre él huevazos y jitomatazos. Peor que en las Tomatinas del poblado de Buñol donde todos acaban arrojándose tomates.
En presidente no debe jugar, un día sí y otro también, como el payaso de las cachetadas. Eso es infame. Poner por los suelos la investidura presidencial sobre la que se hacen chistes en la prensa internacional.
Es lamentable que el presidente no entienda ni tenga la más remota idea de dónde está parado. Su responsabilidad no solamente es histórica, como suele soñar, sino es una práctica de todos los días.
Dejemos lo chusco para no perdernos en el bosque.
Cuando el presidente Obrador asumió su mandato, México era la undécima economía más grande del mundo. En dos años su gobierno ha llevado al país a ocupar el lugar número 15, según estadísticas del Banco Mundial. México continúa siendo el principal socio comercial de Estados Unidos con una balanza comercial de 614 mil 500 millones de dólares y existe un riesgo latente de que las cosas cambien por la inestabilidad económica a causa de la peor crisis sanitaria del último siglo que afecta a todo el mundo.
Lo malo es que el gobierno de la llamada cuarta transformación no ha aprovechado las oportunidades y el potencial de México –por su envidiable posición geográfica–. Y el presidente Obrador se ha encargado personalmente de boicotear las inversiones (nacionales y extranjeras). Tan es así que cuando los empresarios se reúnen con él, invariablemente salen confundidos, sencillamente no saben a qué atenerse.
Ningún presidente, antes de Obrador, había sostenido tantas reuniones con el sector empresarial. Pero en los hechos nada hay en concreto. Simplemente no se aterrizan los proyectos.
La frivolidad del presidente Obrador con los empresarios ha llegado al límite. No solamente los ha ofendido, una y otra vez, los ha llevado a ser partícipes de sus engañifas como la falsa rifa de un avión sin avión mediante un sorteo de la lotería.
El país urge de un verdadero liderazgo.
Obrador es un presidente pequeño para la dimensión de los problemas del país. No se trata de un mero simbolismo, es una penosa realidad.
En lugar de fortalecer las instituciones, Obrador las destruye. Es inconcebible el desmantelamiento de las principales oficinas de gobierno. La Secretaría de Economía es un ejemplo, a grado tal que el uso de computadoras es un lujo.
Pero el tabasqueño adicto a los reflectores ha puesto su persona por encima de los intereses del país.
La crisis económica sin precedente que atraviesa el país y que llevará años en superarla nos coloca en un punto de inflexión: o se endereza el camino o el país correrá el riesgo de mantenerse como una nación independiente. No solamente está en riesgo nuestra soberanía energética, sino que hemos perdido nuestra soberanía alimentaria. Importamos los productos más esenciales de nuestra subsistencia, como es el maíz.
México es un país con importantes oportunidades y un enorme potencial. Su estabilidad macroeconómica es la piedra angular para fomentar las inversiones y el crecimiento del sector privado. Urgen mejoras en el crecimiento de la productividad, en fortalecer las instituciones, así como la calidad de la prestación de servicios y de la infraestructura, junto con esfuerzos encaminados a reducir las desigualdades de ingresos regionales y familiares, para poder traer una prosperidad compartida.
Pero tal parece que no hay conciencia ni la mínima visión de lo que ésta en riego. A Obrador solo le interesan las próximas elecciones para cumplir con sus ambiciones de prolongar su permanencia en el poder. Y él solo piensa en jugar ya no al payaso sino al presidente de las cachetadas.
Pobre México y pobre de nuestro presidente liliputiense.

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