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El voto, un remedio para la locura

Contracolumna

*Obrador, un sexenio de pesadilla

José Martínez M.

El presidente Obrador ha roto con todos los paradigmas. Nos dice qué podemos y no debemos hacer. Desde usar un par de zapatos y comer maíz y frijoles hasta no usar tapabocas, porque, según él, no está “científicamente” comprobado que “sirvan”. Nos dice también que no debemos comer chatarra ni tomar coca cola.
“Lo que se ve no se juzga”, dice el refrán.
Yo soy de los que considera que el tabasqueño no está en sus cabales. La mayoría de sus expresiones son absurdas, disparatadas e incomprensibles. En una sola palabra, su personalidad es demencial. Y a las pruebas me remito. Como testimonio están los videos que inundan las redes sociales con sus expresiones.
Por fortuna existen remedios contra el autoritarismo.
El voto masivo de los ciudadanos es el mejor antídoto contra la locura.
Nuestros políticos, sin excepción, deben ser sometidos la terapia de las urnas.
Obrador llegó al poder con una fuerte dosis de votos pero enfermó de soberbia.
Abusa valiéndose de su influencia en su papel de servidor público, se conduce de manera arbitraria y abusiva no respeta a sus colaboradores y rompe constantemente con la disciplina interna del gobierno.
Lamentablemente el propio Obrador ha alimentado una imagen caricaturesca de sí mismo.
Enemigo del intelectualismo, luchó para ser visto como un redentor a sabiendas de que hablar en nombre del “pueblo” le redituaba ganancias políticas.
Para su desgracia, él mismo se ha encargado de tirar a la basura su “reputación” pero acusa a los periodistas de ser los destructores de su imagen. Falso.
Asombrosamente obtuvo un triunfo aplastante, no tanto por sus propuestas sino por el enorme malestar social derivado de la corrupción del antiguo régimen.
Maestro de las intrigas y las escaramuzas políticas, llegó al poder con el país dividido pero él se ha encargado de atomizarlo aún más.
Nada lo haría más feliz que posar como un cazador después de un safari con la cabeza de sus peores enemigos: Calderón y Peña Nieto. Para ello debe comprobar sus fechorías.
Enaltece tanto a los héroes de nuestra historia, porque se considera como un segundo padre de la Patria.
Pero en realidad Obrador es una mezcla de comediante y de predicador que le gusta ostentarse como el salvador de México.
Lo malo para él, es que abundan los testimonios que acreditan sus contradicciones entre el folclore y el mesianismo.
Obrador es parte del paisaje mexicano. Pueblos por aquí, pueblos por allá, siempre en permanente campaña sembrando votos bajo falsas promesas, olvidándose de la realidad del mundo.
Durante décadas combatió contra sí mismo cuando su lucha existencial era transformarse en una leyenda y verse en la representación de un lienzo junto a los héroes de la historia, pero ya en el poder, sabe tarde que temprano aparecerá como un personaje deprimente que luchó contra su propio mito.
Llegó al poder con el sabor de la victoria y con una mentalidad de atleta por su triunfo insuperable.
En los primeros días de su mandato se veía a sí mismo ante el espejo del poder como un héroe, pero los malos resultados de su gobierno lo llevaron a vivir bajo la sombra.
Para salir de su encierro optó por emprender su campaña a sabiendas de conocer bien el terreno, pero fue descubriendo que en pueblos y ciudades ya no era bienvenido como en otros tiempos. Ahora donde quiera que vaya, habrá un ciudadano dispuesto a cuestionarlo.
Obrador comenzó a escribir su verdadera biografía desde el primer instante en que asumió el poder.
Tiene una visión panorámica del país como nadie, pero su ceguera mental no le deja ver más allá de su nariz y de su ombligo.
Obrador es un personaje que encarna a la perfección en las novelas del realismo mágico: el idealista que luchaba por cambiar el mundo pero que al llegar al poder, el que cambió fue él no el mundo.
Se hizo acompañar por un grupo de políticos “inmaculados” a los que él veía como los apóstoles de la cuarta transformación pero pronto se descubrió que se trataba de una auténtica cuadrilla de forajidos como personajes de las pinturas de Velázquez.

Obrador de a poco fue perdiendo el respeto de los suyos. Fue minando su liderazgo.
Especialista en el insulto y la blasfemia, así como su “rica” capacidad de injuria, sumado a su pésimo carácter, le hicieron perder simpatías y respeto, no así el de sus fervorosos simpatizantes que aún en la peor de las crisis sanitaria y económica los han seguido defendiendo. Fanáticos que actúan movidos por la ignorancia y un primario afán vengativo.
Jamás hubo un pueblo como éste, fiel al mesías pese a decenas de miles de personas acribilladas por la violencia y otras decenas de miles de muertos por la pandemia, víctimas de la desinformación por expresiones criminales de que virus era una enfermedad de ricos y que se combatía con estampas religiosas.

Un presidente que siempre lleva fetiches en el bolsillo como arma contra sus enemigos. El primitivismo político del falso héroe de la patria. El manipulador político que no tiene la capacidad de horrorizarse ante las decenas de miles de muertes del crimen organizado y la violencia y las decenas de miles de muertes por la pandemia.
Para Obrador, la tragedia sanitaria, le cayó como anillo al dedo.
Los ciudadanos deben entender que la única manera de bajarle la temperatura al tabasqueño, –esa fiebre de 40 grados que le provoca delirios intermitentes– es salir a votar el día de las elecciones.

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