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Coca Cola, nuevo distractor

De memoria

Carlos Ferreyra Carrasco

No concibo un mundo sin Coca Cola, ese imprescindible veneno (por dictamen presidencial) insustituible para una refrescante cuba libre con mucho hielo.

Pequeño yo aún, mi padre trabajaba para la Embotelladora Michoacana cuyos productos eran, claro, las aguas negras del imperialismo y una delicia llamada Juguín que, me consta, era de hecho jugo de frutas frescas.

Con los enormes camiones Mack o el veterano Dodge, monstruoso, mi padre, Alfonso, visitaba todos los poblados hasta la frontera con Jalisco, en las orillas del Lago de Chapala. Cojumatlánl, creo.

En los tendajones en los que regularmente había depositado una hielera con los logos del brebaje, mostraba cómo picar el hielo para enfriar al máximo y conservar o, más aún, incrementar el sabor de la bebida.

Fundamental el recorrido cantinero y allí la tarea era la mezcla con alcoholes fuertes, con énfasis en el ron o el brandy de cualquier marca. Éxito instantáneo.

En casa quedaban dos rejas de 50 botellas cada una, y una caja de 25 refrescos de frutas. Prohibido a los infantes beber Coca Cola, pero había la obligación de alternar, para soportar el calor, el Juguin, la leche bronca de la que había siempre disponible una jarra y lo mejor, la destiladera de piedra.

Esa piedra que tenía la configuración de un seno femenino, se llenaba con agua hervida. Y gota a gota se vaciaba en la olla de barro de donde la tomábamos. Una delicia de agua fresca, no fría, con aroma y sabor de tierra recién llovida.

De Coca Cola, sabíamos, al menos eso decían, que estaba hecha de drogas y que su fórmula era secreta, nadie en el mundo la conocía, salvo los que en Estados Unidos elaboraban el jarabe que luego se distribuía a nivel mundial. De allí el sabor igual en todas partes.

Muchos cuentos alrededor de esta pócima que con el Ratón Miguelito, se convirtió en el emblema del país del norte. Entre los cuentos, rescato el mejor:

Enrique Loubet, en Conacyt, editaba una revista monográfica de extraordinaria calidad y manufactura superior. En cierta edición convocó a escribir sobre parejas famosas.

Los cuates propusieron toda suerte de pares históricos y prácticamente dejaron sin tema a Jorge Lazo de la Vega que no se amilanó y decidió crear su propio par.

Así, comenzó recomendando a los cubanos que rindieran un homenaje a Fulgencio Batista por haber sido el creador de la dupla más famosa del mundo, más que Romeo y Julieta, Tristan e Isolda o cualquiera otra.

Platicaba Jorge que en cierto recorrido y atosigado por el calor, el dictador cubano pidió que le dieran una bebida fresca. Le sirvieron Coca Cola pero al primer trago puso en el vaso chorritos de ron.

El resultado lo incitó a repartir la beberecua entre los presentes. A partir de entonces la mezcla se hizo cotidiana entre los aficionados al arte del chupe.

Como suelen ser los dictadores, a Fulgencio no se le ocurrió mejor nombre que Cuba Libre. Y así se quedó, con el título que poco después le harían honor los barbudos que, por cierto, nunca pudieron resolver el sabor de la Coca Cola nacional. Decía el Che que sabía a tornillo oxidado. Ignoro si mejoraba el sabor con el ron. Supongo que si…

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