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Zócalo de atardeceres bellos; Ciudad que acumula muertos por una pandemia mal enfrentada

Socorro Valdez Guerrero

La muerte por todo lados y habla de belleza; la doctora Claudia Sheinbaum: “me gusta la foto del zócalo”. Ella tiene responsabilidad, cobra por hacer, no por opinar ni por vergonzosos tropiezos en tiempos de crisis sanitaria, económica y de conducción.

La otra, torpe igual, aunque sólo retuitera, aplaude “acciones”, y a veces es generadora de repudio y promotora del enfrentamiento. Son mujeres que debieran mostrar liderazgo y conducción como muchas que a diario sacan con arrojo a la familia mexicana.

Ellas, hablan de belleza de ciudad, ¡y tú! Con miedo a salir de casa, al contagio, con incertidumbre ante los gastos diarios y dolor en tu familia porque alguien falleció, enfermó o no hay cómo salir adelante. Ellas, promueven banalidad, y tú, luchas para mantener tu empleo o llevar el sustento a tu hogar. Ellas salario, posición política y cargo gubernamental, con tuits que revelan insensibilidad social y medianía.

Actitudes torpes que ofende por lo que representan, y sobre todo, por lo que deberían ser. Sus mensajes ¡tumban esperanza! Se revelan ¡Veleidosas!, inconsecuentes sociales y con su género. Muy ¡Pueriles! Sin criterio ni conciencia ante la situación en la ciudad, en el país. ¿Mujeres de izquierda o sólo disfraz de izquierda? y pensamientos… De derecha fútil.

Difusión trivial en redes sociales en tiempos de pandemia y sin rumbo, con luto, crisis, carestía, desempleo, inseguridad y ¡quiebras! Enojo por actitud tan sin sentido de funcionarias.

Malestar ante carencia de líderes, legisladores pasmados en nimiedades, partidos políticos omisos a la inacción ¡Injusticia plena! Son dirección no certidumbre.

Mujeres básicas. Claudia Sheinbaum y Beatriz Gutiérrez Müller, mencionarlas con nombre y apellido, son de ¡Vergüenza! Hablan de belleza de la ciudad y no de problemas sociales. Porque además, ella no es médico ni las otras funcionarias.

Y ella, la que salió del gremio, la que vivió penurias y padeció lo incierto, ahora secretaria de Gobierno, con actitud lastimosa, que obliga a retuitear la torpeza de su superior. Todas de pena ajena y ninguna a la altura de esas 12 mujeres que honran. Heroínas que aportaron con ¡Acciones! ¡Decisiones! Y ¡Lucha!

Por mencionar algunos legados: Leona Vicario, periodista que debería emular aquella secretaria, porque sin importarle, se despojó de su fortuna para apoyar la Independencia; Margarita Maza, mujer ¡Caritativa! Con los necesitados, brilló por sí sola, aún siendo esposa de un presidente. Su legado, el mejoramiento moral de la humanidad.

Gertrudis Bocanegra, para quien ¡la muerte!, fue arrojo para luchar por otros; Josefa Ortíz de Domínguez, conspiró, ¡nunca!, contra su pueblo ni su sufrimientos, sino para lograr independencia.

Mariana Rodríguez del Toro, hizo de tertulias lucha para darle rumbo al país y qué decir de Sor Juana Inés de la Cruz, quien nunca torció sus letras con textos banales; Carmen Serdán, Matilde Montoya, Elvia Carrillo Puerto, Dolores Jiménez, Sara Pérez Romero y Hermenegilda Galindo, todas dejaron legado, que ellas, hoy saborean para un cargo, con actitudes que ¡avergüenzan, que desquician!

Con textos mediocres. Soy partidaria de reconocer, más que de criticar al género, aunque ellas, lo ofendan. No percibo angustia, preocupación ni lucha por un virus sin control, por una crisis, por hogares en luto o por lo incierto en la educación de niños, adolescentes y jóvenes o por un por “regreso a la nueva normalidad”.

Las verdaderas mujeres lo están, sin que importe la opinión estética que ellas tienen del zócalo o la ciudad. Y usted, Gutiérrez Müller, por supuesto, ¡No es primera dama! No llena el cargo quien no es sensible al dolor ajeno. Igual como no lo estuvieron las otras. Tan criticadas por usted, y tan parecidas, aunque algunas con más glamour, como la actriz que mostró siempre porte; o con aquella, esposa del que defendería al peso como un perro, al menos gustos escandaloso por el arte; esa de agallas, al menos para sumirse en el alcohol y demostrar públicamente lo triste de su existencia; aquella con su mojigatería, mejor guardaba silencio, que vomitara improperios y la otra, sin recato, con aspiración para opacar al marido. ¿y usted, en qué se diferencia con doctorado?, ¡vergüenza su menosprecio al enfermo de cáncer! Triste su vida con el obnubilado.

Ojalá y tuviera el arrojo de mujer para ganarse ese título de, ¡gran mujer!, con lástima de esposo. Y acusenme de lo que quieran.

Ellas provocan y desquician mi juicio, porque son como dice a quien quiero, respeto como persona, como mujer, como compañera de gremio y por supuesto como amiga y profesional: “Frívolas, piltrafas, abyectas y timoratas”. La vergüenza de ser ¡Mujeres!

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