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CANDIL DE LA CALLE

Contracolumna

•El Domador Domado

José Martínez M.

 

Mientras México entró a la lista negra de los cinco países más mortíferos por el coronavirus con más de 31 mil fallecidos, el presidente Obrador prepara sus maletas para su alucinante encuentro con Donald Trump, el gobernante de la nación con más víctimas en el mundo por la pandemia (más de 130 mil muertos y cerca de 3 millones de contagios).

Además del maltrato a su investidura por no otorgarle el estatus de visitante distinguido, Obrador está obligado a someterse a los protocolos de la Casa Blanca, tanto por disposiciones de las autoridades de salud de ese país como por el Servicio Secreto.

Candil de la calle, oscuridad de su casa, Obrador tendrá que presentar un certificado médico como constancia de estar libre del covid -19, además de cumplir con las prerrogativas de las aerolíneas de vuelos comerciales, de las autoridades de inmigración, de salud y de seguridad nacional de Estados Unidos.

Obrador, para quien el uso de cubrebocas es una humillación, tendrá que acatar las reglas de sus anfitriones.

En México, Obrador rompió con la disciplina interna del gobierno, pasó por encima de los protocolos del Consejo de Salubridad General y politizó la pandemia, la que, según él, le “cayó como anillo al dedo”. Lo mismo ha hecho Trump quien consideró al coronavirus como una “farsa” exagerada por los demócratas “para perjudicarlo”.

En el peor de los ridículos y sin ningún fundamento científico, Gatell elevó a los altares al presidente Obrador al calificarlo como “una fuerza moral” que no representa riesgo de contagio ante la pandemia.

A partir de los últimos días de febrero y durante un lapso de 127 días consecutivos (hasta el domingo 5 de julio), a la vista de todo el país atestiguamos un espectáculo –no se le puede llamar de otra manera– donde con afeites y maquillajes el vocero Hugo López Gatell hizo una manipulación de la información referente a la crisis sanitaria. Convirtió en un circo las conferencias.

Desde entonces la población de todo el país se mantuvo en vilo. En todo ese tiempo Obrador estuvo literalmente en el limbo (entre la vida y el infierno). Entre ocurrencias y altanerías contra los medios de comunicación que han dado cuenta de la tragedia, el Presidente veía impasible cómo se le deshacía el país entre las manos.

Con una economía maltrecha, atemperada por la desconfianza de los inversionistas, y un endeble sistema de salud, el presidente Obrador resintió un golpe duro a su egocentrismo. No obstante, se empecinó en asumirse como el “salvador de la patria”, a pesar de que sus malas decisiones tanto sanitarias como económicas que terminaron por hundir más al país.

Delirante Obrador sigue insistiendo en un discurso triunfalista como si no hubiera pasado nada. En la misma sintonía se ha mantenido el vocero López Gatell, ocultando datos y cifras sobre los efectos de la pandemia hasta llegar el pasado domingo 5 de julio a “cambiar” su “modelo” de “comunicación” para la narrativa de la crisis sanitaria. Pero eso fue solo un decir, porque siguen la misma línea de su cantaleta donde reina la confusión como una canción burlesca donde ya todos nos sabemos la tonada. Un supuesto cambio de “estrategia” para eludir responsabilidades y cuestionamientos.

Está claro que Gatell es la personificación de la fábula de El burro y la flauta, de Tito Monterroso.

Con un historial de fracasos por la crisis sanitaria del H1N1 en 2009 –que costó la vida a más de mil personas y más de 70 mil víctimas de neumonomía–, Gatell fue designado por Obrador como el flautista de su orquesta.

“No está solo… No estás sólo”, en el peor de los colmos Obrador ofreció su respaldo a Gatell.

Con descaro y sin el menor rubor Gatell se atrevió a señalar ante una “comparecencia virtual” ante un grupo de senadores que “México, y ningún país, del mundo, sabe cuántos casos positivos de coronavirus tienen”.

Lo cierto es que expertos del más alto nivel de México y de prestigiosas instituciones académicas y científicas del extranjero han cuestionado el “modelo” y la información derivada de este sobre los números reales de las víctimas de la pandemia que pueden representar hasta tres veces más que las “estadísticas oficiales”.

En esas circunstancias el presidente Obrador emprenderá su viaje a Washington y tendrá que tragar sapos sin hacer gestos para su encuentro con Trump.

Desde el pasado mes de marzo por disposición del Servicio Secreto todo aquel que visite la Casa Blanca deberá acatar, sin excepción, las disposiciones sanitarias que representen una amenaza que infecte al presidente Trump y a su personal más cercano. Incluye las visitas de jefes de Estado que deberán informar qué países han visitado en los últimos 30 días.

Un equipo dirigido por Tony Ornato, subjefe de personal de operaciones de la Casa Blanca, se encarga del monitoreo y evaluación de los protocolos. En la residencia oficial por recomendación del Centro de Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) se han instalado estaciones de desinfección para lavado de manos y controles de temperatura para todos los visitantes.

Por disposición del Consejo de Seguridad nacional, Obrador tendrá que responder a un cuestionario de riesgo de salud completo ante inmigración al momento de su llegada.

Además, antes y durante el vuelo en que el viajará Obrador, irán encubiertos agentes del Servicio Secreto que reportarán a su alto mando sobre el comportamiento de los invitados a la Casa Blanca respecto a si usaron o no mascarillas en las terminales y durante el vuelo, pues nadie gozará de privilegios si tiene un encuentro con el presidente Trump.

López Obrador aceptó sin tapujos las “sugerencias” (por decir amablemente de alguna manera a las exigencias de la Casa Blanca).

“No me niego, vamos a cumplir con todos los protocolos”, respondió Obrador a los cuestionamientos de los medios.

Ante Trump, Obrador ha perdido su arrogancia, lo cual contrasta con su comportamiento irreverente en México ante las disposiciones sanitarias. Giras y besos por aquí y por allá sin que nadie se lo impida, mientras Gatell se comporta como una marioneta del Presidente.

En México Obrador es la “fuerza moral”, en Estados Unidos es como un pelele, un muñeco de trapo, un político que se muestra ante Trump como una persona débil, de poco carácter que se deja manejar fácilmente.

Y Obrador que presumía de haber domado a la pandemia, ¡Zas! terminó por ser domado por Trump.

Así o más claro.

 

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