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EL RELOJ DE MARCELO

Contracolumna

José Martínez M.

 

Marcelo Ebrard: “Si yo hubiera sido el candidato en 2012 le habría ganado a Peña Nieto”. Entonces México hubiera tenido un presidente llamado Marcelo Ebrard. Pero el hubiera no existe.

 

Debe ser desesperante para Ebrard soportar todos los días al presidente Obrador. El canciller ha sido más que paciente con su jefe. Tiene mucho poder, lo debe admitir, pero a cambio ha tenido que tragar sapos sin hacer gestos. Su ambición es llegar a Palacio Nacional. Lleva cuarenta años haciendo política y confía en ser el sucesor del tabasqueño. Abiertamente ha dicho que su sueño es llegar a ser Presidente.

La relación Ebrard–Obrador se comenzó a tejer hace 20 años. Obrador se negó a ser el second choise (la segunda opción) para las elecciones de la jefatura de gobierno en el 2000. Ganó la capacidad de persuasión del tabasqueño. Después se repitió la misma historia en el 2012 en la elección presidencial.

Ambos se conocen a la perfección. Basta una simple mirada para comunicarse. El origen de Obrador es proletario, su padre era un obrero petrolero y Ebrard corresponde al perfil de una familia fifí. Su padre fue un arquitecto exitoso. Ebrard es poliglota y es conocido internacionalmente. En Estados Unidos es amigo de demócratas y republicanos. Obrador es un político aldeano y solo habla español. Sus contactos internacionales se reducen sólo a Venezuela.  Obrador como jefe de gobierno de la ciudad de México fue muy conflictivo y hasta bloqueó las calles que el mismo gobernaba. En cambio Ebrard fue calificado como “el mejor alcalde del mundo”.

La discrepancia tiene mucho que ver con  la formación que tuvieron desde su infancia. La de Obrador ha sido una vida traumática que se empañó con un episodio trágico en su adolescencia. Ebrard tuvo una juventud más estable y productiva pero emocionalmente ha sido muy inestable. A diferencia de Obrador quien es testarudo y aferrado, Ebrard es más inestable e influenciable. Obrador es un hombre vengativo y audaz, Ebrard es más analítico y reservado. Son personalidades diferentes. Como canciller no comparte la visión de su jefe y amigo. Lo malo es que se ha quedado callado ante las atrocidades cometidas por el ocupante de Palacio. Quizás sería el único que lo podría frenar, pero Ebrard ha preferido anteponer sus intereses políticos por delante. Quizás no tenga el respaldo de todos los grupos de Morena, pero goza del privilegio de la cercanía y las complicidades con Obrador.

Se aguanta como lo hace generalmente un típico roommate, cuando uno es el ordenado y el otro compañero de cuarto no tiende la cama, deja la ropa sucia regada por todos lados, no lava los platos y ni siquiera paga la renta. Así son Ebrard y Obrador quienes han sido compañeros de viaje en las dos últimas décadas. Ebrard ha sido tolerante pero su paciencia puede terminar en cualquier momento cuando se harte de estar comiendo las sobras que le deja el amigo.

Con sus asegunes, Ebrard es el único que brilla con luz propia en el gabinete obradorista. Eso tampoco significa que sea un gran político. Desde el punto de vista cromático, blanco sobre negro, Ebrard es un político gris. Y aun así con ese matiz no hay ningún político de la cuarta transformación que le haga sombra. Ni siquiera Claudia Sheinbaum tiene color. Políticamente es pálida.

La Sheinbaum cabe en el mismo costal del gabinete mediocre de Obrador. No es na’ ni chicha ni limoná. Sabe de sus limitaciones pero se ilusiona con mantener aspiraciones políticas. Aunque se le olvida que un acto de corrupción le costó su matrimonio. Fue la compañera de lucha y cómplice de Carlos Imaz.

Ebrard tiene claro la línea jerárquica del equipo de gobierno y se atiene a la vieja sentencia de “el que sabe, sabe, y el que no, es jefe”.

Está consciente de que el gabinete está cargado de tantos inexpertos, ignorantes e incapaces de ocupar un cargo donde se requiere experiencia y conocimiento para la toma de decisiones.

El mejor ejemplo es el de Obrador.

Tenemos un presidente pequeño para un país con grandes problemas.

Un presidente que no tiene siquiera una minúscula raya de conocimiento del país que está gobernando.

Hace mal Ebrard en tratar de esconder su lujoso reloj.

Su reloj político es diferente. Lleva años tratando de sincronizarlo. Lo adelanta y lo retrasa y vanamente no ha podido ajustarlo. Estuvo a punto de lograrlo en 2012 cuando tenía todo a su favor. Pero declinó en favor de Obrador y fue cuando Peña se empoderó bajo el enunciado de “carita” mata “activista”.

Marcelo ha sido astuto en no meterse en la pugna ideológica de Obrador con sus adversarios. Sabe que la esencia de la transformación que se propone el tabasqueño está en el cambio estructural de la economía no el discurso político-ideológico como lo concibe el presidente, un bisoño que no entiende nada de economía y que confunde las peras con manzanas.

Falta mucho trecho por recorrer y Ebrard no debe de esconder su reloj. Su proyecto político no difiere mucho del actual, aunque en una entrevista me confió que a la izquierda ya se la había llevado “la chingada”.

Ante el triunfo de Peña, Ebrard veía a la izquierda como una vieja puta a la que ya no le quería volver a ver la cara.

Pero el triunfo de Obrador lo reanimó en su pasión por la política aunque no comparte el discurso populista de su jefe y amigo.

Tras su salida del PRI, en busca de una identidad propia Ebrard ha transitado por las aguas sucias de la partidocracia. En 1997 fue diputado de la fracción del Partido Verde. En el 2000 tuvo la oportunidad de definirse ideológicamente junto con Manuel Camacho Solís ambos se confesaron como políticos de “centro”, con tendencias “social demócrata”, de acuerdo a la declaración de principios de lo que fue el Partido de Centro Democrático que apelaba a un nicho de electores no capturado por ningún partido: hogares de clase media (con ingresos medios y altos), altamente educados, en edad productiva laboral, liberales, reformistas y con múltiples intereses en la creación de seguridad social.

Después dentro del PRD Ebrard fundó la corriente del Movimiento Progresista como una plataforma propia. A partir de ahí Marcelo pactó con Obrador y desde el 2000 vienen haciendo el uno-dos en su desempeño político.

Cuando Obrador perdió rotundamente frente a Peña. Marcelo llegó a bromear que sí él hubiera sido el candidato de la izquierda en esas elecciones “le hubiera” ganado al mexiquense.

En 2014 cuando Obrador se marchó del PRD para fundar Morena, Ebrard publicó un análisis sobre los retos de la izquierda. El texto que tituló “El Partido de Izquierda que Tod@s Queremos” apareció en la Revista La Zurda bajo su firma.

En esencia Ebrard proponía un partido de postulados progresistas e ideas avanzadas centradas en abatir la desigualdad, en la lucha por las libertades individuales, en especial aquellas que propugnan sobre todo por el estado de bienestar, el desarrollo cultural y la defensa de los derechos civiles.

Ebrard está ahora en otra circunstancia.

Política e ideológicamente está en otro contexto frente a Obrador y Morena. Lo sabe. Consolidó su posición con la salida de Carlos Urzúa en la cartera de Hacienda, quien abrió un boquete en el equipo de gobierno.

Ebrard no tiene que esconder su reloj político. Su Rolex es lo de menos. Claro que le encantaría adelantar las manecillas para ajustar los tiempos ante la pesadilla de un presidente muy pequeño para un país de enormes perspectivas y problemas.

Ebrard debe tener presente que Obrador no tiene amigos, tiene súbditos y ambiciones.

Sí, ha de ser desesperante estar escondiendo el reloj. Sabe que la vida está hecha de momentos. Ojalá jamás se arrepienta.

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