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EL HOMBRE MEDIOCRE

La Contracolumna

José Martínez M.

“Todo lo que empieza mal acaba peor”, así lo sentencia la famosa ley de Murphy. Desde su inicio el gobierno de Obrador mandó malas señales. Comenzó con el rito de un chamán poseedor de falsos poderes ocultos que invocó a los espíritus para ‘orientar’ y ‘aconsejar’ al Tlatoani. A partir de ahí comenzó el talk show con el político de moda que convertiría al Palacio Nacional en la nueva casa de los comediantes.

Como ningún otro presidente en la historia del país, Obrador había llegado al poder con un bono democrático en las bolsas que él mismo se encargó de devaluar al cambiarlo por sus famosas estampitas y sus hojas del trébol de la buena suerte.

Después de casi veinte años de perseguir el poder desde las calles como un rijoso activista, los poderes fácticos le brindaron un voto de confianza. No había duda de su triunfo. Combinaba dos cualidades: legalidad y legitimidad. El respaldo de 30 millones de electores, más de la mitad de los que acudieron a las urnas. Pero aún antes de su aplastante victoria, había dudas. Con todo y el impresionante respaldo ciudadano a su favor no logró el consenso. Ya anteriormente lo habían advertido distintas voces. Una de ellas fue la del escritor Carlos Fuentes quien nunca confió en Obrador. Para el laureado escritor, el tabasqueño sería la última apuesta siempre y cuando se rodeara de un buen equipo de gobierno. También así lo consideraba el mismo Carlos Monsiváis quien sostenía que por su carácter pendenciero “el peor retrato de Obrador es el que él da de sí mismo”.

Obrador cometió el error de sentirse el amo del país. Un año y medio después de iniciado su mandato, su gobierno quedó convertido en un desastre. En buena medida la culpa se debe a sus malas decisiones. La renuncia explosiva del secretario de Hacienda Carlos Urzúa –a los seis meses de iniciada la llamada cuarta transformación– desnudó al gobierno de Obrador por “tomar decisiones de política pública sin el suficiente sustento”. En el papel Urzúa era, después de Obrador, el funcionario más importante del gabinete. Desde su atalaya, el Presidente contemplaba otro país, el país de las maravillas. Urzúa tenía otra visión y decidió cortar de tajo su relación. Primero no aceptó la imposición de colaboradores en el área económica “por la falta de conocimiento de la Hacienda Pública”. Y segundo: la corrupción. La existencia de “personajes influyentes del actual gobierno con un patente conflicto de interés”.

El país resultó muy grande para un presidente muy pequeño.  

No se necesita ser un gran politólogo para entender que el derrumbe del añejo régimen priista significaba un nuevo periodo histórico en la democracia contemporánea de México. Se supone que la alternancia en el poder era un principio del cambio. Pero los panistas como Obrador no lo han entendido.

Obrador se ha escudado en la cantaleta de todos los días del rechazo popular a la aplicación de las políticas neoliberales, pero es justamente es eso lo que hace su gobierno. Su gobierno ha sido incluso peor que los neoliberales, al imponer medidas draconianas, excesivamente severas e impopulares.

Ha llegado al ridículo de recomendar un solo par de zapatos y unas cuantas prendas en el ajuar de la gente, como si él y su familia llevaran un modo de vida monacal.

Sus más fervientes críticos en las redes sociales lo ven como un canalla despreciable por su comportamiento vil.

Desde el principio del mandato de Obrador, el escritor Enrique Krauze fue muy puntual en advertir que ‘la clave’ del nuevo gobierno “estará en abrir una etapa histórica en la que el espíritu de conciliación, la tolerancia, el respeto pleno a la libertad de expresión priven sobre la polarización, el encono y la censura”. Pero resultó todo lo contrario.

Está claro que Obrador no es un político que le agrade la autocrítica. Por el contrario, le encanta que le endulcen el oído sus colaboradores convertidos, por desgracia, en sus lacayos. Funcionarios incompetentes sin voz ni voto, incapaces de decir no, algunos de ellos incapaces de leer unas cifras o leer un poema. En fin.

Es así, que en su pretensión de transformar a México en el país de un solo hombre, Obrador se ha encargado de convertir su triunfo en la derrota de México. A tal grado de apostatar a la corrupción y la impunidad en un agravio nacional.

Lo malo es que los problemas del país son muy grandes y tenemos un presidente muy pequeño, tan incapaz de saber contestar una sola pregunta. Un bufón rodeado de lambiscones sin un solo colaborador inteligente.

Tenía razón Carlos Fuentes cuando rechazó la invitación de un presidente para ser el secretario de Educación. ¿Quién se acuerda del secretario de Educación de Ruiz Cortines? Del presidente se acuerdan todos, del secretario nadie.

Obrador es un presidente gris, tan gris que si lo hubiera conocido José Ingenieros se viera inspirado en él y sus colaboradores para escribir su célebre ensayo El hombre mediocre.

Tenía razón el autor de La silla del águila en criticar a Hugo Chávez, el dictador a quien los morenistas le rinden culto. Fuentes decía que “Chávez, es un demagogo lloricón… Estuvo a punto de perder el poder. Se protegió en la iglesia. Lloraba. Un hombre sin sustancia, un Mussolini tropical de cuarta”.

Hoy Obrador lloriquea por las críticas en las redes sociales que todas las mañanas se lo desayunan cuando él sale a dar lecciones de moral desde su púlpito.

Concluyó este espacio de La Contracolumna con unas líneas de un espléndido texto de Soledad Loaeza

(https://www.jornada.com.mx/2006/03/23/index.php?section=politica&article=028a2pol) donde describe al polifacético Obrador:

“Cuando los griegos tipificaron los sistemas políticos: democracia, demagogia, oligarquía, jamás pensaron en que algún día surgiría la opción del gobierno de los más chistosos, ¿la bufocracia? Nosotros tampoco. Todavía habemos quienes esperamos que el país sea gobernado por los mejores de nosotros, como lo fueron Juárez y la constelación de los liberales del XIX. Su superioridad consistió en que a partir de sus ideales y de sus imágenes del deber ser de la República, tuvieron la disciplina y la inteligencia que los condujo a entender que el líder político sienta estándares morales y cívicos que eran -y deberían seguir siendo- una referencia, un modelo, una lección para todos nosotros. Abundan las anécdotas del ingenio de líderes políticos históricos. Podemos citar a Abraham Lincoln, a Winston Churchill, a Álvaro Obregón y hasta al general De Gaulle, pero la clave de su peso histórico no residía en su capacidad para hacer chistes, sino en la seriedad con que emprendieron la difícil tarea de gobernar, que no es, ni mucho menos, un día de campo”.

 

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