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COLUMNAS

De la esperanza a la amargura

Laberintos del poder

Emilio Trinidad Zaldívar

Él sigue creyendo que lo persiguen. Se considera la solución a México pero para muchos es ya la mayor enfermedad que padecemos.

Si el ignorante de Enrique Peña Nieto dejó al país en el destrozo total por el saqueo y la corrupción y unió a la mayoría en su desprecio, Andrés Manuel López Obrador lo va a dejar en la división, confrontación, polarización y la ingobernabilidad, porque su constancia, perseverancia y quizás algunas otras de sus virtudes, se están convirtiendo en el caldo de cultivo para la expansión de la rabia colectiva y la explosión de la tolerancia ciudadana. 


Nadie había llegado al poder con tanta legitimidad y apoyo popular, pero tampoco nadie lo había dilapidado con tanta prisa.

Su arrastre fue la extraña combinación de verdaderos seguidores con los que nos llenamos ira y nos alcanzó el hartazgo por ver salir sexenio tras sexenio a comaladas de millonarios que los acuerdos sucesorios jamás castigaron ni castigan. 

Esperábamos más de aquel compromiso que hizo el tabasqueño, que de alcanzar la Presidencia daría ejemplares sanciones a los que hirieron a México por sus abusos y excesos, pero hasta hoy se ha reducido a Rosario Robles y a Emilio Lozoya Austin el tema de la justicia.

Pululan los multimillonarios nacidos de su paso por la administración pública, o beneficiados de ella, que pasean su impunidad por todas partes:

Luis Videgaray, Luis Miranda Nava, Eruviel Ávila, Vicente Fox y su esposa Martha Sahagún (hijos incluidos, que en el negocio de la construcción y otros hicieron su agosto), Emilio Gamboa Patrón, Arturo Montiel Rojas, Enrique Peña Nieto, Carlos Salinas de Gortari, Miguel Ángel Mancera, Alejandra Sota, José Nelson Murat, David López Gutiérrez, Arturo Núñez, Graco Ramírez, Mario Marín, Antonio Gali Fayad, Fidel Herrera Beltrán, Cesar Duarte, Rodrigo Medina, Enrique Ochoa Reza, Enrique Martínez y Martínez, Juán Sabines, Benito Neme Sastré, Alfredo del Mazo Maza, Carlos Romero Deschamps, Humberto Moreira, Erwin Lino, y muchos más que con solo citar en un texto, se podría hacer una enorme enciclopedia.

El límite de la tolerancia parece haberse acabado en una gran cantidad de mexicanos, que esperaban ver tras las rejas a esos ladrones del pasado, a esos que con la mano en la cintura hicieron y deshicieron a su antojo de los dineros de la nación y que para burla de todos siguen paseando su impunidad. 


Si creyó Andrés Manuel López Obrador que con su sola llegada se acabarían los problemas para México, hasta hoy sólo los ha ampliado, porque no ha querido sumar. Su ADN es el pleito, el choque, la revuelta, la rabieta, la persecución, la idea de la constante traición a su pensamiento, a su investidura. Salvo a algunos cuantos, a todos nos ve con absoluta desconfianza.

Para él solo hay un lado, o estás con él o en contra de él. No hay forma de conciliar porque es radical, intolerante, soberbio, arrogante, unipersonal. La verdad es solo de él.

Conoce a México como nadie pero no sabe cómo componer el enredo que le dejaron y lo enreda más. Aprendió a ser opositor, no gobernante.

Sí, obtuvo treinta millones de votos pero también hubo otros treinta millones de mexicanos que o dividieron su voto por otras opciones o simplemente no votaron. Eso debiera aportarle humildad, hacerlo considerar que debe escuchar mucho, hablar menos y actuar más.

Es tal vez el mejor estratega para saber cómo hacer enojar y dividir al pueblo. El mejor guerrero para la lucha de a pie. Nadie lo vence en ese terreno, quizás por eso necesita seguir peleando; requiere tener enemigos, adversarios para poder ganar,  para poder triunfar.

Su lema de campaña decía: Andrés Manuel López Obrador, “La esperanza para México”, pero hoy parece hacer suya aquella frase lapidaria y para mí en ese tiempo exagerada, que le propinó Felipe Calderón en campaña y que decía: López Obrador, es “Un peligro para México”.

Ni ha serenado al país ni ha extendido su mano amiga a nadie; quiere ver a todos de rodillas, agachados, sumisos, silenciosos, aplaudiendo sus dislates, su bipolaridad.

Somos para él súbditos, no ciudadanos con conciencia. Rebasa con celeridad la ignorancia de Vicente Fox Quezada y de Enrique Peña Nieto. Avanza sin saber a dónde. Habla sin pensar. Tarda en articular ideas, y esas terminan siendo huecas o absurdas.

Fomenta enemigos por todas partes. Parece chivo en cristalería o chango en frutería.

Difundir como lo hizo un documento supuestamente anónimo y darle credibilidad, para señalar a promotores o conspiradores de su derrocamiento, provocó que si esos personajes mencionados no eran sus enemigos, ya lo sean.

Triste por no decir vergonzoso que un jefe de Estado se ensarte con un tema como ese, y triste también que de su muy reducido grupo de colaboradores no surja alguien con valor para decirle un no a los abundantes errores y torpezas.

Tanto al Presidente como a su vocero Jesús Ramírez Cuevas, les ha quedado demasiado grande el cargo, y a quienes sí les gira la piedra y están compartiendo el poder como Julio Scherer Ibarra y Alfonso Romo Garza, parece no escucharlos, o quizás prefieren cerrar la boca, aplaudir y hacer caravana para conservar el cargo y con ello la posibilidad de hacer negocios.  

Sea como terminen las cosas en esta turbulenta administración, no parece aún que la zozobra nos abandone.

Entre la pandemia -que permanecerá por meses-, el desempleo, la inseguridad, el estancamiento o recesión económica y la lucha encarnizada de López Obrador y sus enemigos reales o supuestos, nos acercamos a un proceso electoral en el que habremos de ver a desprestigiados partidos políticos, buscando figuras en los ciudadanos para que puedan ser bien vistos y representados en las urnas, pero todos, sin excepción, intentarán dañar, lastimar o hundir a quienes vean con posibilidades de ganarles el cargo y se dirán unos a otros, que son los peores mexicanos.

El poder vale para cualquier confrontación sin importar el daño que se propicien.

Así es la política. Así hacen aquí política.

Pero no sea tan ingenuo señor Presidente. Claro que tiene enemigos. Todos los que han ocupado su cargo los han tenido. Hay empresarios que gustosos lo quieren ver derrotado. Que buscan el poder. Que quieren ostentarlo.

Claro que hay periodistas corruptos lastimados por haber perdido su mochada, pero también los hay honestos que lo critican con la razón de la verdad, y los hay -como su indigno palero Lord molécula-, que dicen estupidez y media, se tiran de tapete, cobran en Presidencia y a esos usted les agradece. Ese Chayo sí es legítimo y justificado, dirá usted.

Hay también intelectuales que lo ven tan chiquito como pequeño se ha hecho; partidos políticos que desperdiciaron su oportunidad y hoy buscan la revancha en esa sí, legítima lucha por ser gobierno, pero todos estos adversarios o enemigos, han sido impulsados en mucho por sus políticas equivocadas.

Lo malo es que usted siempre tiene otros datos.

Concluyo comentando que un médico cercano al Palacio Nacional, me dijo que a usted, a su esposa e hijos, les habían aplicado doscientas mil unidades de células madre para fortalecer el sistema inmunológico. Quizás por eso sugiere que la gente salga, a usted no le preocupa el contagio, sería difícil si así lo protegieron, pero entonces le pregunto ¿no que ya se habían acabado los privilegios?

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